domingo, 2 de enero de 2011

Borges en el linaje de Macedonio

Borges en el linaje de Macedonio
Esta es la tercera entrega del folletín teórico “Éxitos, linajes y cánones”. En el primer capítulo “Escrituras de ratificación, escrituras de suspensión”, se abordó la problemática de las relaciones de continuidad y discontinuidad entre textos que se hacen pertenecer a la literatura. Se abrió, entonces, la posibilidad de una interpelación en torno a una pregunta insistente e intimidatoria ¿qué es la literatura? Su desarrollo ocupó el siguiente capítulo en el que se planeó que una aproximación posible a esa interpelación debería estar centrada en la idea de que más que una referencia a algo concreto o una esencia trascendente; en este folletín el término literatura nombra un proceso de prácticas, disposiciones y creencias, atravesadas por un complejo entramado de fuerzas en pugna, articulados en forman de alianzas, contradicciones, exclusiones y solapamientos, que la constituyen como un conjunto productivo y cuya historicidad, es decir, su materialidad sociocultural, no se puede negar. Ese entramado se manifiesta en los diversos modos de legibilidad y de visibilidad, que le otorgan legitimidad a aquellos textos, autores, valores, que se consideran literarios. Se enumeraron cinco focos de legitimación que se corresponden con modalidades diversas de legibilidad. En la entrega de hoy, “Borges en el linaje de Macedonio”, abordaremos uno de esos focos: la reescritura como la legitimación de los escritores por los propios escritores.
Los textos y autores que en el presente reconocemos como literarios constituyen sólo una parte ínfima de lo que a lo largo del tiempo se ha ido produciendo en ese espacio. De la innumerable masa de textos y autores que participan de la literatura, sólo permanecen y se trasmiten unos pocos, aquellos que alcanzan un estatuto que se constituye a partir de instancias diversas de legitimación; por el contrario, la mayor parte de ellos queda en una suerte de limbo intemporal a la espera que se interrumpa el olvido y surja alguna forma de rescate.
La reescritura es una de las formas más reconocidas de la transmisión literaria. Pienso el concepto de trasmisión en complicidad con Regis Debray: es un proceso que se extiende en el tiempo según obligaciones, jerarquías, valores y protocolos que se despliegan por etapas o niveles. La perspectiva de la historia de la literatura habilita una mirada retrospectiva que permite trazar genealogías en las que los vínculos tramados entre escritura-lectura-reescritura constituyen los puntos de encuentro y diseminación de los linajes literarios. Aludir al trazado de genealogías supone una especulación en torno de la historia de la literatura en la que la instancia fundadora del sujeto no ocupa el centro de la escena. Ese presupuesto permite descartar de la figuración metafórica de linaje ya sean las posibles insinuaciones de lazos entre individuos geniales o encadenamientos de influencias entre iguales ya sean las connotaciones de un biologismo ingenuo por el cual las reescrituras son consecuencias de una anterioridad que anunciaba el porvenir, tanto en su desarrollo como en su desenlace.
Con la idea de linaje apelo, en cambio, a deslindar en el vasto archivo de la literatura, es decir, en la acumulación de textos y escritores del pasado, los modos de interacción con los sucesivos presentes, para caracterizar las reescrituras como el modo de legitimación que se extiende en tanto en la mediana como en la larga duración.
Desde una mirada retrospectiva, una mirada que se proponga centrase en los trazos dominantes que han caracterizado el espacio literario argentino, la importancia de la figura de Jorge Luis Borges es decisiva y determinante en tanto generador de operaciones críticas y, correlativamente, un activo propagador de políticas de la lectura que han tenido una gran preeminencia en la sedimentación de criterios y gustos literarios finalmente dominantes sobre aquellos antagonistas con los que confrontaban. El lugar de Leopoldo Lugones y de Macedonio Fernández en esa configuración relevante puede, de algún modo, establecerse a partir de los diversas entonaciones que la voz de Borges fue modulando para situar a alguno de ellos tanto en el rol de oponente en las polémicas literarias, o como aquel a quien Borges tiene la potestad de conceder un lugar en el panteón de un pasado ya clausurado y sin intervención en el presente, salvo la de la celebración póstuma. Borges ha sido un notable estratega de las luchas literarias, sus maniobras han sido decisivas tanto para la canonización como para la excomunión de otros escritores.
En 1965, Borges en colaboración con Betina Edelberg, escribe una introducción a la obra de Leopoldo Lugones, que luego fue publicada como un volumen separado, allí dice: Es muy sabido que no hay generación literaria que no elija a dos o tres precursores: varones venerables y anacrónicos que por motivos singulares se salvan de la demolición general. La nuestra eligió a dos. Uno fue el indiscutible genial Macedonio Fernández, que no sufrió de otros imitadores que yo; otro, el inmaduro Güiraldes de “El cencerro de cristal”, libro donde la influencia de Lugones – del Lugones humorístico del Lunario-, es un poco más que evidente. Por cierto, el hecho no es desfavorable para mi tesis.
Borges pone en la letra de esta cita lo que luego se transformará en el corazón maldito de un relato que recoge la versión de un modo de imaginar el curso que siguió la historia de la literatura argentina o, mejor dicho, la figuración del momento en que se resuelve una encrucijada decisiva del curso de esa historia. Es un relato que, con matices diversos, transita innumerables transcripciones que lo diseminan por los más recónditos márgenes del canon literario, pero que de una u otra manera siempre convergen en un punto de encuentro: “Macedonio nos salvó de Lugones”.
La trasmisión que se despliega en el proceso de escritura-lectura-reescritura puede ser trazada por una mirada crítica retrospectiva como una genealogía, pero eso es un constructo posterior que no supone linealidades únicas porque no puede haberlas. En cada instancia de lectura y reescritura se convocan los asedios de múltiples bibliotecas que expanden, desvían, amplifican, perturban, la escritura leída y reescrita. Como pensaba Paul Valéry en un texto participan múltiples temporalidades e incalculables magnitudes de sentidos posibles. El escritor como si fuera una araña teje una tela extendida, a menudo, más allá de lo que el animal ha intentado, que bien puede morir sin haber comprendido buena parte de lo que ha pasado. Mucho tiempo después vendrán otros a enredarse con sus hilos, especulando, para retomar la tarea en orden a una economía que siempre será incompleta e incesante.
“Macedonio nos salvó de Lugones” repiten insistentemente en las versiones conspirativas, aquellos que exhiben como prueba de sus fabulaciones algunas genealogías posibles que revelan linajes macedonianos, por supuesto Borges, pero también Marechal, Cortázar, Piglia, Saer y Libertella.
http://www.sintagmas.com.ar/notas.asp?con_codigo=886&aut_codigo=247&men_codigo=17
Genealogías que no son lineales porque si lo fueran ignorarían, sólo para citar un ejemplo relevante, el peso que la escritura de Arlt tiene en la narrativa argentina desde los años cincuenta en adelante. “Nos salvo” es un modo de confirmar que no ha habido reescrituras de Lugones, o al menos los focos de legitimación no los han registrado; en cambio, sí las ha habido de Macedonio y muy prolíficas. Para especular con este modo de pensar los linajes y los trazados genealógicos en la narrativa argentina he tenido en cuenta tanto el concepto de dominante de Tinianov, como el de hegemonía de Gramsci, que considero a veces complementarios a veces en tensión contradictoria.
La consistencia y el porvenir de lo que llamamos literatura dependen en gran medida de este foco de legitimación: la continuidad de una escritura en la urdimbre de incalculables lecturas-rescrituras que la trasforman y expanden.
(Continuará)






Roberto Ferro rferro@filo.uba.ar

Artículos

Heterónimos, por Roberto Ferro, revista Metaliteratura

Seminario 2008, Julio Cortázar