Mostrando entradas con la etiqueta crítica literaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crítica literaria. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de julio de 2015

El eternauta Oesterlheld Solano Lopez

Silvia Hopenhayn. Crítica y escritora. Realizó programas literarios en TV, además de documentales sobre escritores en Canal Encuentro. Dicta talleres de literatura. Desde hace diez años publica su columna semanal en La Nación. Ha recibido numerosos premios y reconocimientos.

Roberto Ferro. Escritor y crítico literario. Doctor en Letras (UBA). Docente e investigador; FFyL, UBA. Ha dictado cursos de posgrado en diversos países. Recibió el Premio Konex 2004-2013 de Ensayo Literario..




El programa de Vacaciones de Invierno cuenta con el auspicio del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.



Av. Figueroa Alcorta 2280
(C1400CKO) CABA, Argentina
Lunes a viernes de 10:00 a 20:00
Sábados de 10:00 a 13:00
011 4803-4062 / 4804-9290
cursos@aamnba.org.ar
www.aamnba.org.ar
Socios Gran Mecenas del Museo Nacional de Bellas Artes

jueves, 2 de abril de 2015

Cortazar


Los tres ensayos que componen este volumen publicado por la Universidad de Guanajuato están en íntima concordancia con una idea de Jorge Luis Borges, que gloso como sigue: la obra de un escritor es tanto la suma de sus textos escritos como la imagen de sí mismo que ha dejado en los otros. Es por esa razón que esos ensayos son una aproximación a la convergencia, por una parte, de la bibliografía de Julio Cortázar que aparece como inabarcable para una mirada que pretenda abordarla desde una sola y única perspectiva. Y, por otra, de la impronta inalterable que ha marcado el campo literario a través de la intensidad con que su poética ha permeado la literatura latinoamericana y de su activa participación en los controvertidos escenarios socio-históricos desde los años sesenta hasta su muerte en 1984, constituyendo una figura de escritor de un perfil único.

viernes, 20 de mayo de 2011

Volver a leer el viaje

Roberto Ferrorferro@filo.uba.ar
Volver a leer el viaje
He regresado a algunos estantes de mi biblioteca en los que serenamente me esperan libros con los que he fantaseado, en algún momento del pasado, volver a encontrarme. Esta vez el grueso volumen elegido se ha dejado balancear sobre la palma de la mano que lo recibe sin vacilaciones. El relato del viaje- De Sarmiento a Umberto Eco de Jorge Monteleone. Cuando miro la fecha de edición, me sorprendo: 1998. En principio no lo puedo creer, me pregunto cómo puede ser que haya permanecido ese sabor durante tantos años, un sabor de placer mezclado con la nostalgia de una edad de oro. No es la magdalena proustiana, es un entrecruzamiento diferente. Por una parte, evoca la imagen de un chiquilín demasiado alto para su edad, con los pantalones casi rozándole los tobillos y un mechón rebelde asomado en el balcón de las cejas, que con cierta congoja de sinrazón acaba de leer La vuelta al mundo en ochenta días y se pregunta por qué ha terminado la aventura. Esa era la raíz de su desasosiego, cuando Phileas Fogg y Jean Passpartout, ya han arribado a Londres y el suspenso de la apuesta se ha disuelto, se quedaba de nuevo en los bordes de la realidad. Y, por otra, esa evocación se solapa con el lector de policiales que siempre reivindiqué como el más adecuado para asumir la representación de mi adicción insaciable, el obsesivo de los vagabundeos por la teoría literaria y de a ratos por la crítica, recostado en ese gesto de buscar el sentido como se persigue el secreto, con la actitud estrábica del que debe abarcar con su mirada un más allá de la letra. Es decir, el primer encuentro con el libro de Jorge me había permitido atraer a la misma escena como en un pliegue dos momentos distantes de mi pasión de lector. Relatos de viajes como aventuras de adolescente y como divagaciones de ensayista; es decir, volver a deambular con Stevenson y Verne, se entreveraba con la cartografía que trazaban Barthes y Derrida con los que yo me confabulaba. Pensé en un pliegue porque la escritura de Jorge Monteleone traza una pirueta, la metáfora es obligada, una pirueta en la que se mezcla el prestidigitador con el equilibrista. Su voz narrativa se trama con los relatos de los invitados a contar sus viajes, entonces el principio y el fin de cada itinerario, la extensión entre cada extremo, se trastornaba en un sondeo por las profundidades de sentido.
Vuelvo a paladear el gusto de releer El relato de viaje y me acerco a sus múltiples puntos de fuga, ya que su desafío reside en que no entrega la seguridad de las cómodas cartografías sino el riesgo de las trayectorias inciertas en las que se suceden, pero también que se corresponden los lugares y las miradas, momentos en que los escenarios se desvanecen o se desvían hacia la molienda del recuerdo.
Como bien dice Erbóreo R. Frot que dice Jorge Cáceres: la escritura de Monteleone no sigue la trayectoria de una piedra lanzada hacia adelante, que una vez en movimiento, recorre un camino definido; más bien se parece a la agitación constante de un paisaje de nubes o al itinerario incierto de un hombre que deambula por las calles, desviándose aquí por una sombra, más allá por un grupo de curiosos o una extraña combinación de apariencias, y que, por último, va hacia a un final inesperado que nunca imaginó alcanzar.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Presentación de Martín Kohan a "De la literatura y los restos"

Roberto Ferrorferro@filo.uba.ar
Presentación de Martín Kohan a "De la literatura y los restos", en la Biblioteca Nacional, el 16 de setiembre de 2010




Presentación de La literatura y los restos de Roberto Ferro en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires

Ya ha sido dicho (lo ha dicho Ricardo Piglia) que la crítica literaria es un género autobiográfico. Se trata, según se prefiera, de un enfoque vitalista (la crítica se impregna de vida) o literario (quien quiera contar su vida, deberá contar sus lecturas). Pero en cualquier caso, al comenzar De la literatura y los restos, Roberto Ferro ensaya un gesto diferente. El texto inicial, “Palabras liminares”, puede leerse como un ejercicio de autorretrato crítico. Después de dejarse retratar, como lector, por el prólogo de Noé Jitrik, Ferro emprende un autorretrato: esboza la imagen de ese crítico literario que decide ser (autoconciencia, expresión de deseos, imagen de sí, cifra de ambición, espejo inducido: lo propio de todo autorretrato).
Ferro descarta paradigmas críticos, metáforas establecidas de lo que es o debe ser todo crítico literario. Convencido y convincente, procede a hacer sucesivamente a un lado al crítico taxonomista (el que ordena y clasifica), al crítico detective (el que presupone una verdad y la rastrea), al crítico pontífice (el que encarna una verdad y la defiende), al crítico juez (el que “dictamina la justa verdad del sentido”), al crítico magíster (el que “imparte la enseñanza del en sí literario”); y postula, en cambio, como alternativa polémica y como proyecto de figuración en la que va él mismo a inscribirse, otras variantes: el crítico viajero (utopía itinerante de un “lector en tránsito” renuente a cualquier fijación), el crítico jugador (el que, escéptico de las causalidades, entrega sus lecturas al azar), el crítico contrabandista (el que transgrede las jurisdicciones conceptuales y transgrede las fronteras establecidas, sus leyes y sus aduanas).
Ahí donde el crítico detective, por caso, queda del lado de la ley (o en una relación ambivalente, en el mejor de los casos, si se trata del policial negro), el crítico contrabandista que Roberto Ferro postula se decide por las actividades ilícitas. Va en procura sostenida de lo que “no se deja atrapar en la mera transparencia del lenguaje codificado en figuras impuestas”, recela de las bibliotecas (aunque ahora estamos en una) y de los ordenamientos canónicos, de las instituciones que imponen sentidos y maneras de leer. Decidido a perturbar semejantes pautas, a desviarse de ellas o a transgredirlas, el crítico contrabandista que propone Ferro sabe bien de qué tiene que cuidarse: de la transparencia, del ordenamiento, de lo impuesto o los impuestos, y sabe bien cuál es su objetivo: no dejarse nunca atrapar.
No sorprende, por lo tanto, que las diversas lecturas que componen De la literatura y los restos insistan en su orientación hacia los “puntos de fuga”. Es el afán esperable en el crítico contrabandista, frente al afán de persecución del crítico detective o del crítico juez. Los puntos de fuga instalan a los textos en una lógica de expansión y multiplicidad, en una diversificación por la que la certeza de cualquier verdad definitiva se difiere y se escurre como quien dice para siempre. No obstante el dispositivo de proliferación que es propio de los puntos de fuga, es posible señalar en el recorrido de este libro ciertos puntos de apoyo que lo sostienen y a la vez lo escanden: en el comienzo, o ya desde la portada, el prólogo de Noé Jitrik, la conexión que va a propiciar una disposición de entendimiento crítico; promediando el volumen, las páginas de “Una maquinita estrafalaria de lectura”, especie de poética crítica que Ferro decide reeditar para sostener y enfatizar una vívida declaración de principios; por fin, concluyendo la primera parte y haciendo centro en la tercera, dos artículos en particular: uno sobre Macedonio Fernández y el otro sobre Jacques Derrida.
Porque las lecturas de Ferro se remiten a objetos diversos: Cortázar, Lemebel, Mallea, Conti, Roa Bastos, Jitrik, Vila-Matas, Raúl Dorra, Tabucchi, la narrativa policial latinoamericana, la literatura infantil en general. Y lo hace con categorías teóricas que hacen a la solvencia de una manera de entender la literatura, la escritura, el lenguaje: categorías como intervalo, diseminación, diferimiento, fisura, deriva, nomadismo, rizoma, deconstrucción. Las de Ferro son lecturas que, en su sucederse, se mantienen rigurosamente reacias a las seducciones de la totalidad, de la completad estabilizada, de la plenitud de la presencia, de la metafísica que acecha en toda fijeza y en toda certeza. Su apuesta es muy otra, y Ferro la despliega: fragmentar, discontinuar, inacabar, desestabilizar, resistirse a la unidad no menos que a las totalidades cerradas, resistirse a clausurar sentidos y a instalarse en el confort de lo unívoco. Si admite un todo, es un todo abierto, es decir un falso todo; si hay sentidos, proliferan, se fugan como multiplicidad, sin ocultarse como una cifra a la espera de la develación. Se trata así de lo ilegible y de sus restos, semiosis sin fin, inagotabilidad de la significación; se trata de complicar las estructuras de sentido, perturbar sus normas, abrir indefinidamente todo aquello que por sí mismo podría cerrarse definitivamente. Contra la metafísica de la presencia, cultivar y persistir en el arte de la ausencia: arte de la sustracción, del diferimiento del yo, de la desestabilización de la identidad, de la deconstrucción de un origen. La maquinita estrafalaria que Ferro compone y echa a andar opera en las referencias, pero no en los referentes; aceita sus engranajes con espeso escepticismo sobre objetos preexistentes, declara la imposibilidad de alguna correlación unívoca entre el discurso y el mundo, y si de la ilusión referencial hay algo que saca en limpio, es eso precisamente: la pura ilusión, la falta de fe en lo objetivo.
Por estas páginas pasa Deleuze, pasa Foucault, pasa Blanchot; pero es Derrida quien recibe mayor atención y quien resulta más nutritivo en la empresa de deconstruir la metafísica del origen, la metafísica de la presencia, quien enseña a diferir y a aplazar. A la vez, por otra parte, no parece haber expresión más poderosa de la ausencia (del autor) y el diferimiento (del texto), de la suspensión de la realidad (referencial) y de la confusión (premeditada) de la literatura y la vida que la escritura de Macedonio Fernández. En esos objetos, podría decirse, es donde Ferro hace pie. Y a partir de ahí se traslada, viaja, juega, contrabandea.
Hay zonas de sintonía, lecturas en afinidad: cuando Ferro lee a Tabucchi o cuando lee a Vila-Matas, la indeterminación de sentido y la imposible unidad van en su curso; cuando lee a Noé Jitrik, la escritura es la entidad y lo demás es ausencia; cuando lee a Roa Bastos, se entrega a la inconclusión y a la deriva de lo inestable; cuando lee a Napoleón Baccino, asume la diseminación, que ninguna verdad nunca se fija. Pero Ferro también lee a Cortázar, a Cortázar y el compromiso político; y lee a Haroldo Conti, a Conti y la memoria y la pertenencia; y lee a Eduardo Mallea, en sus limbos de idealidad; y lee a Rodolfo Walsh, a Walsh y su vocación de denuncia. Y en ellos no se rinde, tampoco en ellos se rinde, a la sugestión de que acá hay una vida que se vive y más allá hay una escritura que la expresa, que acá hay una realidad que existe y más allá hay una literatura que la representa, que acá hay una verdad constatable y más allá hay una palabra que la revela. Es precisamente al ocuparse de esas literaturas, la del realismo o la del compromiso o la del vitalismo o la de la metafísica nacional, que Ferro se aplica a su arte de transponer fronteras con solapamiento, leer en desvío, escribir lo impropio. Y entonces este libro erige una decidida pasión: una cierta concepción de lo que es la literatura, de lo que supone escribir, de lo que supone leer. Es el destello que expande y deriva De la literatura y los restos: la noción de que la literatura es el resto y que fuera de ese resto no hay nada, porque el resto no es resto de otra cosa, porque los restos son lo único que tenemos.



MARTÍN KOHAN

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Derrida

Aproximaciones

¿Qué es lo que está “dentro” y qué es lo que está “fuera” de un texto, de ese texto, y dentro y fuera de esos libros de los que no se sabe si están abiertos o cerrados?
No selles, es decir no cierres; pero también no firmes.
Jacques Derrida

Debo comenzar con una precaución. Intentar "un acercamiento" al pensamiento de Jacques Derrida mediante esquemas y categorías deudores de lo que él mismo cuestiona se complica si la pretensión asume la retórica de una "introducción", es decir, la presentación didáctica y resumida de la problemática del autor en los términos de un resumen sistemático. Menciono al comienzo esa posibilidad como modo explícito de conjurarla.
Una introducción que siguiera esos lineamientos supondría desconocer o tergiversar un principio activo en torno del cual se ha ido desplegando el trabajo intelectual de Derrida: deliberar y confrontar críticamente con una constelación de ideas, conceptos y discursos, establecidos por una larga tradición a partir de una rejilla especulativa en la que emerge, una y otra vez, la figura clásica de la oposición antagónica, presupuesto insoslayable para la instauración de una jerarquía violenta que subsume, diluye y funcionaliza la oposición. En torno de ese diseño de contradicciones dicotómicas, la historia del pensamiento ha ido sedimentando, con innumerables variantes y modulaciones, debates funcionales y consecuentes con ese aliniamiento subyacente; por lo tanto, una aproximación al pensamiento de Jacques Derrida para ser solidaria con su gesto desconstructivo debe disponerse a promover una inquisición que se instale más acá y más allá de las generalidades y que apunte a dar cuenta de la diversidad de la problemática planteada tanto en los sentidos como en las operaciones discursivas y retóricas puestas en juego en sus textos.
La obra derridiana expone y tematiza que la configuración de los conceptos no puede ser escindida del tratamiento textual; es por esa razón que los conceptos no aparecen libres ante la mirada crítica que los asedia de las entonaciones propias de la retórica discursiva; es decir, no poseen unidad cerrada ni claridad específica y mucho menos una idealidad distintiva.
Un Derrida legible y compactado en un resumen didáctico, supone no sólo desistir de un desafío, sino, sobre todo, convalidar una asimilación sedante.
Una argumentación lineal que haga homogéneo su discurso, que alise los injertos y cubra las grietas, que explique al Derrida segundo, más literario y político, por el Derrida primero, más filosófico, sólo es posible en una lectura represiva.
Con el objeto de sortear los riesgos de una normalización consoladora y reduccionista, mi exposición se despliega en un doble eje asimétrico, muchas veces en pugna: una cierta fidelidad cronológica, exigida por las redes de solidaridad, genealogía y debate, y una cierta fidelidad temática, exigida por el diseño expositivo de mi escritura.
Estas palabras de aproximación aluden a la rugosidad de esta anunciación, para exhibirse desaforadamente como una imposición interpretativa que no reniega ni finge las dificultades del proyecto: hay un encuadre, pero el marco no existe; el objetivo es asumir la condición de prótesis, tratando de establecer deslizamientos de encuentro entre mi lectura y los textos de Derrida.







Roberto Ferro
rferro@filo.uba.ar

domingo, 14 de diciembre de 2008

Heterónimos, apócrifos y centones

En los muchos años que he transitado por los confusos callejones de la escenografía literaria fui amasando la convicción de que la cercanía entre la crítica y el género policial era algo más que una elegante figura comparativa; la idea de aproximar, especulativamente, la búsqueda de sentido en los textos con el relato de la investigación de un crimen, me parece una operación productiva en algunos aspectos, pero conlleva el riesgo de convertirse en una máscara que más que revelar simetrías y correspondencias desvía la atención de acontecimientos, acciones y valores propios del quehacer literario cotidiano.
En la literatura ha habido, hay y habrá muertes, defraudaciones, robos, secuestros, violaciones, y otra amplia gama de tipificaciones compiladas en el Código Penal, que a pesar de un cierto componente metafórico, no son temáticos, es decir, no tienen lugar en los textos, se sitúan más allá, tienen la consistencia de una especificidad diferente, que nada tiene que ver con la "ilusión referencial" de los críticos y los teóricos.
Se me ha ocurrido reunir algunas historias que fui acopiando durante mis inquisiciones de oscuro profesor de provincias, que llamativamente, no han sido recogidas en las prestigiosas Historias de la Literatura Argentina, que circulan en la actualidad.
No me propongo la denuncia, que es un género discursivo demasiado arrogante, ni la búsqueda de la verdad, en mi caso por una imposibilidad cognoscitiva, simplemente busco alentar la proliferación de esas versiones para que se multipliquen y diseminen. Finalmente, quizá como descargo, debo decir que me está vedado el arte del escándalo, no por una cuestión ética sino más bien estética, las vidrieras de las principales cadenas de librerías superan ampliamente mi imaginación, no creo poder igualar algunos de sus anuncios, prefiero entonces asumir cierta postura recoleta y austera.
Me he impuesto un límite: la garantía de que la circulación de esas historias esté avalada por múltiples voces, que las hayan ido modelando con el correr de los años, para evitar las tergiversaciones, odios, insidias, chismes, que revelan sólo una impronta de maledicencia personal tan frecuente en el mundillo literario.
Las historias que iré publicando en Metaliteratura (*) exhiben ciertas marcas propias de la elaboración colectiva, de ahí que las he llamado Heterónimos, apócrifos y centones, fiel a ese título las he firmado con mi nombre, no tanto como gesto de apropiación sino por un ominoso deseo de remate artístico.


(*) en el sitio: http://www.metaliteratura.com.ar, en el menú estrellas, las opciones: literatura/leyendas/heteronimos