viernes, 1 de noviembre de 2013

Jornadas Libertella Lamborghini en Argentina

Se realizó en dos días, en localizaciones de la Biblioteca Nacional, Sala Ortíz, el 29 de octubre y en MALBA, en el auditorio el 30 de octubre. Los invitados, compartieron sus lecturas, notas y relación de amistad que mantuvieron con los autores. Una reunión de lujo que transcurrió con polémicas, intervenciones y más que nada, de pura literatura. En el video, Roberto Ferro, organizador por convocatoria de los escritores Silvana Lopez y Marcelo Damiani, inaugura las jornadas.

En otro momento de la reunión, al final del día, presentando al escritor Luis Gusman.

 



martes, 9 de julio de 2013

La voz de Macedonio - (folletín autobiográfico)

31° entrega de La voz de Macedonio (folletín autobiográfico)

LXI – Luz de agosto

Otra vez la respiración de von Hoffman se estaba desacompasando, una insipiente agitación se había ido transformando en un ronquido apenas perceptible que se asomaba como un fondo perturbador a sus palabras. Con la contrariedad propia de alguien que apuntala el sentido de lo que dice en los tonos con que modula su voz, primero había intentado disimular la dificultad elevando el registro, lo que en definitiva aceleró el proceso que lo alteraba hasta que, finalmente, optó por callarse. Antes levantó su brazo izquierdo y lo movió en un gesto que, al parecer, pretendía ser una disculpa a la vez un anuncio de que la interrupción sería transitoria.
            Me distraje con el rectángulo oscuro que adherido al vidrio de la ventana asediaba la luz de las lámparas que iluminaban débilmente aquel receptáculo en el que esperábamos el final de partida. Tuve la impresión de que algo había variado desde la última vez que me había sentido atraído por aquello que era algo más que un vacío sin fin. La oscuridad había comenzado a dar indicios de agotamiento, aparecían signos apenas visibles pero lo suficientemente consistentes como para anunciar que aquella cerrazón iniciaba su irremediable desvanecimiento.
            No sé por qué pensé en Onetti, acaso porque en su narrativa el deterioro es un motivo que atraviesa sus historias, acaso por que alguna vez había leído su  crítica caústica y sardónica a la traducción del título de la novela de William Faulkner Light in august. Ahí estaba, entonces, pensado a partir de una versión defectuosa en aquel final del mes de agosto, repentinamente, y sin otra explicación más que la asociación de ideas, eludo mencionarlo como fluir de la conciencia por razones obvias, también evoqué las palabras de la Queca, oídas por Brausen a través de tabique delgado, cuando era inminente la llegada de la tormenta de Santa Rosa.
            Como testimonio de la fugacidad de las percepciones, me quedé anclado en una divagación acerca del tiempo en que había estado atraído por el relato de von Hoffman, y solo me repetí en voz baja: “Casi toda la noche”.
            Como otras veces, la voz de aquel hombre surgió  con una fuerza y una claridad inesperadas.
-Levantó cuidadosamente el primer cuaderno de la pila de la derecha, tenía tapas negras y en la etiqueta alcancé a leer “1922, diciembre” pensé, sin  estar del todo seguro, en el trazado de una pluma cucharita manejada con cierta maestría. Froilán se detuvo apenas un momento en dejar correr las hojas por el borde de sus dedos, fue una de las pocas veces en que lo noté algo conmovido, como si se hubiera ausentado de la escena que compartía conmigo.
-Fue como una fisura que rápidamente disimuló, fue apenas un instante, enseguida retomó su compostura y fue de lleno al meollo del asunto para el que me había convocado. Obvió repetir los detalles que previamente habíamos ido concordando y me exhibió una serie muy prolija de planillas en las que había ido volcando los datos en los que había calculado la relación entre el espacio escrito y el lapso que yo necesitaba para interpretar la voz de Macedonio. Quería hacer una última prueba, me extendió el cuaderno abierto en la hoja que me proponía para que leyera y tomó un cronómetro mientras me miraba atentamente, y yo comencé:
No hay que descuidar algunos hallazgos psicológicos y metafísicos míos que pueden ser útiles para vivir.
Metafísica: la principal y máxima noción metafísico-práctica, es decir útil a nuestro rumbo eterno, es ésta:
a)     que toda Sensación es superable por la Emoción, es decir que podemos anular toda Sensación por el sentimiento y la Acción de él para eclipsar, no dejar acceso, a la Sensación; este es el mecanismo psico-fisiológico que se llama valor (de soportación y anulación). Es decir analgesiar el choque de la Sensación del Cosmos, de los Físico. El proceso de la función o aptitud, cómo es el momento o mecanismo psicológico fisiológico del valor –que se adquiere por largos ejercicios de representárselos dolores con actitud de superarlos- se traduce, en el momento del esfuerzo, en una intensa tensión atencional y muscular que tiende a no sentir.
b)     Lo importante es que conforme a mi idea de que el Pasado es todo conocimiento y para siempre….

-Froilán me interrumpió justo en la marca que había hecho sobre la última palabra que había alcanzado a pronunciar y se mostró satisfecho, se ajustó las mangas de la camisa tirando hacia afuera y me mostró el cronómetro.  Recién entonces me invitó a tomar asiento frente al escritorio y me extendió una de las planillas.
      Otra vez von Hoffman debió interrumpir su narración, esta vez una carraspera áspera y perseverante pareció ascender por su garganta hasta la boca y entorpecer sus intentos de continuar. No había dudas, por el fondo lejano de aquel cuadrado se había iniciado el final de la aquella noche de agosto, a pesar de que era el final del inverno, todavía las penumbras iban a resistir. Antes de que me vivieran a buscar, aún tenía tiempo de oír algo más de aquella historia.



LXII – Finalmente el baúl

Oyendo las palabras de Regina, dichas sin altisonancia y más bien tratando de postergar en su sonoridad cualquier forma de patetismo, me costaba imaginar que en esos papeles extendidos sobre mi escritorio había estado anidado un corazón de las tinieblas. Un núcleo persistente y de escasa luminosidad, pero la suficiente como para que aquella mujer albergara lo que se dice habitualmente como una ilusoria esperanza.
            Yo que había deseado oír esas palabras, ahora me demoraba pensando que de pronto hay algún pormenor, algún detalle insignificante que despierta recuerdos, imágenes alarmantes, que quedan atrapadas en secuencias impredecibles. Por un desvío, acaso innecesario, me detuve en el brillo de la mirada de esa mujer, estaba fijada en una de las cartas del tío Froilán, traté de rastrear a mi vez el lugar en el cual esa mirada se había quedado prendida, creí acertar, pero ella me desautorizó de inmediato.
-Ese hombre lejano y ausente fue el fundamento de mis sueños. El había sido el viajero, el que se había animado con romper con todas las sujeciones en las que los demás miembros de la familia quedábamos  sometidos. Además, vivía en la ciudad y había muerto como un héroe, había sido asesinado brutalmente por un grupo de cobardes que para intentar asesinar a Perón, no vacilaron en masacrar a cientos de transeúntes que jamás hubiesen imaginado el destino que los amenazaba.
Esa debe haber sido la causa de mis fabulaciones. El tío Froilán encarnaba una especie de bovarismo familiar para mí, quizás en algún momento le atribuí el poder de develarme las dudas de mi identidad, pero ya ve fue una manera torpe e inútil de cancelar dos deseos, el de saber quien había sido mi padre y el de seguir teniendo la protección de una presencia demiúrgica y protectora.
            Después hubo un silencio, que no me animé a perturbar. Y me dejé llevar por caminos laterales, acordándome, con toda la fuerza que los esquemas reduccionistas tienen, de la fuerza con que se imprimen en nuestra memoria imágenes de experiencias no vividas jamás. Seguí
especulando con la desmitificación del archivo como el depósito de variaciones en las que el deseo y los sueños imprimen un perfil decisivo. La escena que compartía con Regina era ciertamente desoladora, dejaba pasar los innumerables fragmentos insondables de tiempo. Las personas envejecen y mueren, al final, mueren, todos estamos condenados al olvido, solo se salvan alguno grumos, algunas formaciones densas acompañadas de nombres propios como fragmentos fósiles en los que sólo reparara un voyeur encubierto alguna disciplina. Yo trataba de postergar mi voyeurismo.
            Pensé en una estación de tren, no en una estación de tren sino en la Estación Santos Lugares, aquel lugar en el que yo había esperado tantas veces a mi padre cuando era todavía un niño que no viajaba solo y aprovechando esa excusa iba a aquel escenario tan deseado por mí. Apareció la imagen sin fundamento, o al menos sin el fundamento que yo podía considerar predecible, el tren se detuvo y algunos viajeros bajaron de él y otros subieron, personas normales moviéndose con aire habitual por lo lugares de siempre. Entre estos últimos venía mi padre. Me pereció recién entonces poder arriesgar un vínculo entre la desasosiego de Regina y mi recuerdo. Al parecer, me había quedado boyando sin anclaje e instintivamente busqué algo de que aferrarme.
-Yo era muy chica cuando pasó lo del tío Froilán. Me dijo inesperadamente.
- Encontré a mi madre llorando en su cama, lloraba sin convulsiones, incluso podría decirse que lloraba serenamente, pero sin consuelo. Recuerdo que la abracé y ella me acarició la cabeza una y otra vez, pero sin interrumpir su llanto.
A pesar de que tenía pocos años, ya había sido sacudida por la presencia de la muerte, pero por primera vez la desolación se había apoderado de mi madre de tal manera. Fueron varios días aciagos para la familia. Allí se detiene el flujo de mi memoria, como si otros episodios se hubieran superpuestos o, simplemente, que un vacío poderoso hubiera ocupado una porción de mi pasado hasta que otra vez la muerte se hiciera presente. Faltaban unos días para que cumpliera veinte años y andaba dejando que la tristeza de un amor no correspondido me enturbiara el entendimiento cuando otra vez encontré a mi madre con los ojos enturbiados de tristeza. Era diferente, no había llorado esta vez, simplemente me comunicó el fallecimiento del tío Alcides.
            El paso siguiente era hacerse cargo de sus efectos personales, había enviudado hacía ya unos cuantos años y sus hijos habían emigrado al norte y no teníamos noticias de ellos. Le cuento todo esto porque fue la primera vez que vi el baúl del que le he hablado hace un rato.

(continuará)

sábado, 1 de junio de 2013

La voz de Macedonio (folletín autobiográfico)


30° entrega de La voz de Macedonio (folletín autobiográfico)

LIX – Los cuadernos de Froilán Estévez

-Hay  mitos que circulan en cada profesión. Ya le habré dicho que yo no creo que todos los contemporáneos convivimos en un tiempo compartido, todo lo contrario, hay infinidad de agrupamientos que se amontonan en esferas de cristal o, si Usted prefiere, peceras en las que aquellos que comparten formas de vida, recursos económicos, palabras, formas de la memoria, se trasladan en una temporalidad uniforme. Esos recipientes son tan trasparentes que resultan invisibles, lo que produce la fascinación de que todos podemos entrar y salir de ellos. No lo voy a aburrir con esta clase de filosofía berreta, los que hemos vivido de la garganta, nos aferramos a ciertas recetas mágicas para que esa magia no se deteriore, porque finalmente la amenaza  que cita tan apropiadamente el tango siempre está asediando: porque la gola se va y la fama es puro cuento.
Como movido por un impulso secreto, se incorporó apoyándose en uno de sus codos, con una agilidad que no imaginaba posible en él, estiró su mano derecha hasta la mesita que compartíamos y se sirvió agua de la jarra. Luego la bebió con extraño goce. Después se volvió a hundir en las almohadas, miró un rato a ese punto indefinido que parecía revisar en un horizonte que iba más allá de pared y retomo su historia.
-Yo había dejado de fumar al día siguiente de mi primera actuación, Fu Manchú fue el portador de ese consejo, que yo acepté, aferrándome a esa disciplina con la idea de que mi voz era un tesoro que debía conservar indefinidamente. Pero después de mi exilio en el mundo, mi destierro hacia otra esfera, como si me tomara revancha, volví a mi atado de particulares fuertes por día. Era un modo de romper con el mito y también cortar otro de los hilos que me unían a un continente perdido.
-La mañana en que me iba a encontrar con Froilán, la recuerdo nítidamente porque desde que me desperté tuve una feroz necesidad de nicotina. Desayune con una taza de café recalentado que había quedado de la noche anterior en un jarrito en la mesada de la cocina. Movido por una inquietud que no podía controlar, me largué a la calle para buscar aflojarme un poco. A pesar de que me había propuesto ir caminando a paso cansino, no tardé mucho en llegar. Mientras Froilán me abría la puerta, todo eso que le he contado, me vino a la cabeza como una imagen que contuviera completamente ese intervalo. Luego de los saludos y el cruce de palabras habituales en esos casos, intenté encender un cigarrillo.  De manera cortés pero muy firme, Froilán me pidió que no fumara, porque el humo le hacía mal y agregó algunos detalles acerca de los padecimientos de un asma que arrastraba desde su infancia. Esa debe ser la razón por la que no hubo nada de lo que fue ocurriendo ese día que no me haya quedado grabado en la memoria de manera indeleble. Como tuve que sofocar el deseo durante toda aquella mañana, recurrí  una vez a los consejos de mi maestro, concentración en otra cosa, es decir, distracción dirigida, de ahí que puedo recordar hasta el más mínimo detalle de lo que estuve haciendo con aquel hombre mientras preparábamos la rutina del primer día de grabación.
-El departamento en que vivía Froilán estaba en el contra frente de un edificio construido en los años veinte del siglo pasado, los pisos altos, los pasillas anchos y profundos, los ascensores eran  lujosas jaulas cubiertas de arabescos y con un espejo cincelado que recibía a los pasajeros produciendo el efecto de una profundidad sin fin. Yo vivía solo hacía ya un tiempo suficiente como para hacerme una idea aproximada de lo que iba a encontrar. A pesar de todo eso, me sorprendí. El orden era tal que tuve la sensación, apenas entré, que Froilán nunca había vivido allí, que ese día había llegado un rato antes que yo. No había nada fuera de su lugar, incluso las cortinas estaban corridas de tal manera que la luz penetraba dando la luminosidad adecuada para el lugar. Con su habitual amabilidad, más bien retraída, me hizo pasar a una especie de comedor en el que había un escritorio y una única silla, al frente un ropero de roble ocupaba casi todo el largo de la pared.
Por su tamaño el escritorio con una doble cajonera era el único componente de aquella escenografía que producía una sensación de desacople. Una carpeta negra ubicada en el centro parecía ser el punto de referencia para los otros objetos que simétricamente se repartían a su alrededor. Una caja de metal contenía una goma y un pequeño cortaplumas de cabo dorado, estaban allí de guardia junto a una regla de metal que relucía impecable. Tres gruesos cuadernos de tapas de hule, uno negro y el dos azules esperaban pegados a los bordes de la carpeta. De frente a la carpeta había un portarretrato que recuadraba una fotografía algo amarillenta en la se asomaban algunos comensales de un banquete rodeando a un Macedonio más joven que el que yo había conocido, más atrás asomándose apenas entre dos cabezas  sonrientes aparecía Froilán con un gesto entre sorprendido y circunspecto.
-Froilán me tomó suavemente del brazo y me llevó al costado del escritorio, allí había un baúl de tamaño mediano con la tapa forrada de cuero repujado con extrañas figuras que parecían evocar una escena gauchesca. En su interior había una enorme cantidad de cuadernos similares a los que reposaban sobre el escritorio. Estaban acomodados en pilas, ordenados de acuerdo al color de las tapas, todos tenían etiquetas con inscripciones diversas en el primer renglón y abajo en cifras más grandes la fecha del año al que correspondían. Tras una pausa, me dijo cual era el programa que teníamos que seguir, mientras levantaba uno de los cuadernos y me lo extendía.

LX – El baúl de Froilán
Por primera vez  Regina iba a venir a mi estudio. Nos habíamos citado dos días antes y para mi preocupación había sido ella la que había interpuesto una serie de razones que la obligaban a postergar el encuentro. Como siempre cuando se producían estos huecos de espera el tiempo se dilataba  moviéndose en sintonía con los relojes blandos de Dalí. Yo deambulé como si fuera alguien suspendido en el espacio alejado de la fuerza de gravedad, me empeñaba en descartar cualquier forma de obstáculo que podría surgir de las actitudes de Regina, pero regresaban una y otra vez con mayor impulso.
            Esa espera se puede cifrar en la tensa ansiedad con que la esperé después de que puntalmente hubiera sonado el timbre del portero eléctrico anunciado puntualmente su llegada, fueron escasamente un par de minutos, pero no pude contenerme y recorrí el tramo que me separaba de la puerta una y otra vez.
            Solo cuando estaba finalmente frente a ella percibí el impacto del brillo de sus ojos, el desequilibrio entre esa vivacidad y el seño serio que dibujaban sus labios prietos y su cabeza erguida. Hubo una breve ceremonia de buenos modales y, finalmente, entonces me decidí a comentarle mi interpretación de aquellas cartas de Froilán Estévez que me había confiado con el objeto de que yo confirmara lo que seguramente ella había intuido, rumiado o sabido desde vaya a saber cuánto tiempo.
            Pero inesperadamente para mí, interpuso una nueva dilación, sin decir más que algunas frases de circunstancia, dejó su cartera sobre el primer asiento y mientras se sacaba el chal que cubría sus hombros se fue acercando a la ventana que daba a la calle Azcuénaga, era la última hora de un día del final del otoño; las frenéticas actividades de cientos de transeúntes y negocios atestados de rollos de telas diversas, los fletes de los que subían y bajaban bultos descomunales, los gritos de los changarines, el ruino infernal del tránsito, se habían ido extinguiendo hasta casi desaparecer. Más allá de los cristales innumerables puntos luminosos comenzaban a perforar la inminente oscuridad. Mi incertidumbre se plegó a ese movimiento de atenuación y por primera vez en los últimos dos días una calma me fue ganando. Tuve la convicción de que aquella ceremonia tenía que ver con un deseo recóndito de mantenerse de espaldas a lo que le iba a revelar, aunque fuera un rato más, una prolongación tan absurda como comprensible, en particular porque no habría revelación alguna, en todo caso, yo era el portador con mis palabras del filo del final, con que se descorrería un velo que casi no ocultaba nada.
            Una vez que nos dispusimos a conversar, fui extendiendo sobre la mesita que nos separaba las cartas de Froilán Estévez,  armando una suerte de collage. A continuación, le fui leyendo aquellos párrafos que iba formando un relato fragmentario que yo iba uniendo en los huecos con interpretaciones o indicios de verosimilitud. Durante todo ese tiempo, la actitud de Regina fue de una profunda atención, sus ojos no dejaban de recorrer las cartas y releer las citas que le iba señalando, y de tanto en tanto, como timándose con una pausa me observaba sin que alguna emoción particular se colara en su expresión.
            Cuando terminé, tras un breve silencio, sólo me dijo.
-Ya es tarde para cualquier forma de reparación, todos los personajes de esta historia están muertos, no hay nadie a quien pueda abrazar, ni reprochar, ni reclamar, ni pedirle o darle ternura. Cuando Usted apareció removió en mí una secreta y absurda esperanza, pero ya ve, nada de eso ocurrió. Tampoco es justo que Usted crea que ocupa un rol protagónico como el portador de un mensaje funesto, ha sido simplemente un eslabón más en la cadena. Incluso, alguien que se ha inmiscuido en esto porque tiene una inquietud fuerte, que le lleva a con fabularse con cualquier deseo de aquellos que puedan acercarlo a lo que anda buscando.
            Tras una breve interrupción, me dijo en otro tono:
-Hablemos de lo que a Usted le interesa, hablemos del baúl de mi tío Froilán.

            (continuará)

jueves, 25 de abril de 2013

La voz de Macedonio (folletín autobiográfico)


29 ° entrega de La voz de Macedonio 

LVII -Lavalle al 500
Acaso por primera vez la voz de von Hoffman se apagando hasta hacerse imperceptible, se había desviado de su relato, imprevistamente se preocupaba por el trascurrir del tiempo. En el espeso silencio en el que habíamos quedado atrapados, finalmente, pude descifrar su preocupación, me había preguntado si faltaba mucho para que nos vinieran a buscar. Intuí que esa inquietud no estaba relacionada con las circunstancias  límites que íbamos a enfrentar, sino porque no quería tener que anticipar el remate de su relato, era el tiempo de la historia lo que lo impacientaba, no el tiempo de la vida. Cuando retomó el hilo de su narración, la maestría del tono de las primera frases, me produjo la fascinación de que había logrado incorporar el hueco de silencio del que estaba saliendo, haciéndolo parte de su actuación.
-No exagero para nada si le digo que no pegué un ojo durante toda la noche, anduve deambulando por la pieza, asomándome a mirar por la ventana, apenas descorriendo las cortinas como si en cada gesto se jugara la posibilidad de ser descubierto. La perseverancia de Froilán me había  entregado a la exigencia de aceptar la vacuidad de mi vida. Ahí estaba, escondido de mí mismo, hurgando con una mirada furtiva el mundo de fuera, sabiendo de antemano que nada de lo que ocurría me podía preocupar, que nadie me estaba asediando, que había edificado un refugio inútil.
-Lo que vino después en el final de aquella madrugada fue impensado, me dejé llevar como una autómata por una serie de impulsos. Por una vez mis decisiones parecían surgir de una necesidad personal. Busqué la dirección de Froilán, que había anotado en uno de los tantos encuentros que tuvimos, más por su insistencia que por mi voluntad. Y me largué a su casa. Eran unas pocas cuadras.
-La luz comenzaba a  empujar las sombras de todos los recovecos y la ciudad se iba despojando de algunos misterios para cubrirse con la frenética agitación de transeúntes urgentes y de automóviles que se iban sumando como en un avalancha. Los habitantes de la noche, aquellos con los que había compartido una  buena parte mis variaciones de la nada, huían de aquella actividad espasmódica que tanto repudiaban.
-Me deje llevar hasta Lavalle cruzando la plaza Tribunales. Roberto, eran los primeros años cincuenta, esa calle tenía otra vida. No quisiera caer en el recurso fácil de compararla con esa feria de negocios truchos que reemplazaron los cines que se apretaban uno al lado del otro, ofreciendo desde sus marquesinas con luces de neón, como ve no puede contener la catarata de lugares comunes, los anuncios de los estrenos que cada semana inundaban la atención de innumerables espectadores. Que quiere que le diga, si el cine ha sido pensado como un archivo interminable de sueños y fascinaciones, lo que hoy ha quedado de eso es un amontonamiento de falsificaciones baratas.
            Me sonreí apenas, pensando que von Hoffman estaba retomando, sin saberlo, las ideas de Martínez Estrada, pero su voz se había tensado y parecía haber tomado un impulso decisivo dirigiéndose a un punto crucial.
-Las ciudades se van tendiendo unas sobre otras, a medida que pasa el tiempo, esos escenarios en los cuales ocurre nuestra existencia son empujados por otros decorados, entonces, el tiempo presente desaloja hacia un limbo intemporal, eso que solemos llamar memoria; son capas que se superponen y recubren las anteriores o las expulsan. Por eso a veces nosotros entramos a escena y estamos desubicados porque el decorado del presente no se corresponde con la obra que pensábamos actuar.
-Si Usted piensa, Roberto, que estoy dilatando este cuento para alcanzar otra resonancia al encuentro con Froilán, se equivoca en parte. Sólo en parte, porque si bien no deja de estar en lo cierto cuando imagina que estoy dejándome llevar por un recurso remanido para mantener su atención; pero, por otra parte, me cuesta volver sobre mis pasos, enfrentarme con aquellas imágenes, porque del mismo modo que hay muchas otras ciudades por debajo de esta por la que andamos, también hay innumerables Carlos von Hoffman por debajo de este que en ruinas va desgranado una historia que al parecer, ha logrado capturar su atención en estas horas que llevamos juntos.
-Froilán vivía al 500 de Lavalle, pasando Florida, casi a media cuadra, en un edificio de estilo art nouveau, que ha sido demolido, en su lugar ahora hay un cuadrado de cemento y vidrio, muy parecido a un cajón, o un ataúd. Tendré que contener las digresiones, porque me estoy empastando.
            Esto último lo dijo como en un aparte teatral, con un rictus en la boca y los ojos mirando al cielo raso, mientras alisaban el borde las sábanas que cubrían su cuerpo hasta la cintura.
-Toqué timbre y esperé unos minutos, en ese momento me arrepentí, no se me había ocurrido llamarlo por teléfono, su número estaba a consignado en mis anotaciones a continuación de los datos de su domicilio. Estaba dispuesto a ampararme en la huída, cuando la puerta se abrió y Froilán me tendió la mano amablemente. No parecía sorprendido, sólo me dijo que le había ganado de mano porque se estaba preparando para irme a ver a mi casa. Me invitó a pasar.


LVIII- El destino
La escena porvenir sería de cuerpo presente, a pesar de que no podía evitar conjeturar las reacciones posibles de Regina ante la emoción, la huella dolorosa, el efecto de la revelación intuida pero nunca confirmada. Toda la estrategia, todo el cálculo, maniobras que parecían apropiadas para definir esta etapa, se consumaba en una instancia del relato en el que el comienzo y el cierre dependían de mínimos detalles. Seguramente por estar encerrado en la burbuja de asuntos y temas relacionados con mis obsesiones, siempre me he recostado sobre la costumbre de pensar eso que por comodidad llamo mi vida y el encuentro con los otros como una serie de rutinas de gestos y voces, que se sucedían o se superponían en complejas constelaciones, que a las que se podía acceder a un desciframiento más o menos posible si se estaba atento a las señales. Eso me había fallado escandalosamente con Regina.
            No tenía seguridad alguna de que mis respuestas o la interpretación que yo hacía de las cartas de su tío, iba a significar un paso adelante para alcanzar la certeza de que los discos grabados por von Hoffman con la voz de Macedonio podían estar guardados en algún lugar y que ella conocía ese paradero.
            Cada relato es una transformación de un conjunto inasible de turbulencias en una línea que adelgaza la dispersión y las reúne en una trayectoria única, más allá de las variaciones y las manipulaciones que se puedan ejercen sobre su curso, un relato inscribe las vivencias en una dirección, pero no todo es pérdida en esas operaciones. Cuando se narra se agrega algo que no estaba, un plus que se añade y que tiene un peso decisivo en la significación.
            Estoy tratando de deslindar algunos matices de este folletín autobiográfico. Un folletín en el que sólo se atiende a un hilo narrativo de los muchos posibles; todo lo demás que pasaba en vida queda subsumido en la preeminencia que recibe el núcleo de la historia de la búsqueda de los discos en los que un imitador ha volcado la voz de Macedonio. Ese tesoro recoge la suma de sus palabras a lo largo de los años. Esta demarcación, este recorte brutal que llevo a cabo en mi narración, descartando cualquier incidencia que esté directamente relacionada con ese seguimiento, implica poner a la intemperie mis limitaciones y mis excesos, solo me interesaba encontrar esos discos, nada que lo que atravesaba mi vida en esas semanas tenía la mayor relevancia, dormir, comer, leer, hacer el amor, eran modulaciones espasmódicas,  urgencias biológicas incontrolables como respirar, urgencias de las que no vale la pena dejar constancia.
            Este recorrido por las motivaciones que se configuran en relato aparece como una maqueta de un parque temático apropiado para ilustrar mis obsesiones; estaba dispuesto a falsear y a manipular mis interpretaciones acerca de lo que había leído en las cartas de Froilán Estévez, si eso me aseguraba acercarme a la voz de Macedonio.
            No hay esto último una confesión que me ponga al abrigo de un cuestionamiento ético, que no sería ético, si lo expongo con esta crudeza es para situar a aquellos que se adentren en este folletín en la relevancia que ha tenido para mí esa obsesión. Si una identidad es el resultado de un elenco más o menos preciso de reiteraciones a lo largo del tiempo que permiten distinguir permanencia que se unen en figuraciones inestables, la de estar tan tenazmente aferrado (el significante es obligado, en toda su significancia) a un dirección única, repite la misma actitud que antes he tenido con Walsh, Onetti, Derrida, que ocuparon todo el horizonte de mi vida de manera casi absoluta. El trabajo de las connotaciones, que no tiene fin, puede desviar la atención sobre lo que acabo de apuntar. Este folletín pretende, o yo pretendo al escribir este folletín, desplegar un espacio protegido del avasallamiento de la dispersiones, concentrar el efecto del sentido en torno a algunas señales que se ajusten lo más posible a las vivencias tal como las puedo nombrar. 1985 no es el año en que me pude ir de Ford Motors Argentina, una especie amasijo entre un campo de concentración y una suerte de disneylandia doméstica en el que había  permanecido refugiado y/o detenido transitoriamente, sino el año en el que aparece mi primer librito sobre La vida breve. 1989 no es la fecha en la que se instala en el poder el gobierno más execrable de la Argentina en su etapa democrática, sino cuando descubro los originales de Revolución Nacional, periódico en el que Rodolfo Walsh publica sus primeros artículos sobre la masacre de José León Suárez. Mayo de 1992, no señala el momento en el que vi por última vez a aquella mujer a la que en el diario que llevaba en aquellos años llamaba, EP, estremecimiento profundo, sino que mi memoria lo registra como la imagen del momento en el que recibo un sobre desde Paris en el Jacques Derrida comenta mi libro.
            Por eso el encuentro que tendré en las próximas horas con Regina es decisivo para el destino de este relato.
(continuará)

viernes, 12 de abril de 2013

La voz de Macedonio (folletín autobiográfico) 28° entrega


28 ° entrega de La voz de Macedonio

LV – El doble del héroe           
A pesar de que von Hoffman había dejado suficientes señales en su relato de que finalmente había llevado a cabo las grabaciones, en esta secuencia una notable combinación entre ritmo y tono le imprimía un suspenso que me tenía atrapado.
-A Froilán, aquel obstáculo inesperado, justo cuando estaba por comenzar a ejecutar su obra, lo complicaba en un doble sentido, en primer término porque para alguien apegado a prever anticipadamente cualquier contrariedad, mi negativa le podía implicar un trastorno gravísimo si se expandía más allá de un subterfugio pasajero, poniendo en riesgo su gran proyecto; y luego, tuvo muy claro desde el principio que debía responder a mis requerimiento de tal forma que no volvieran a emerger a lo largo de mi tarea, que según preveía iba a durar un lapso que acaso podía llegar a abarcar varios años.
-Por eso inicialmente su primer gesto fue actuar como si mis objeciones fueran infundadas, lo hizo manteniendo la calma, pero a medida que mi postura se iba sosteniendo con nuevos reparos, perdió la serenidad y cómo le dije recién se perturbó y no ocultó su preocupación.
-Cuando comenzamos a hablar en aquel bar, la tarde recién empezaba a declinar y nos fuimos en medio de una noche ya profunda. La respuesta Froilán la fue encontrando a tientas, como se encuentran esas cosas que se presentan intempestivamente y que suponen un vuelco inesperado. En todo momento pude percibir el tesón con que modelaba cada argumento, como retrocedía cuando le oponía una resistencia que él consideraba  valedera. También debo reconocer que como avanzaba a tientas de golpe y sin saberlo tuvo la fortuna de tocarme una fibra íntima que le permitió atisbar una iluminación singular que otorgaba sentido a su perseverancia.
-Algo dijo que me sacudió, que me puso de golpe frente a la evidencia de estar refugiándome en una coartada para eludir el desafío, para seguir en la cómoda seguridad de la penumbra. Fue evidente para él que me parecía desleal oponer mis débiles veleidades éticas a su formidable búsqueda. Entonces, ante la posibilidad de haber abierto una hendija en mis defensas, avanzó convirtiendo mi desalentadora negativa en un movimiento que me situara nuevamente como la mano, mejor dicho la voz, ejecutora de su plan.
-Entonces con una insistencia que tenía como base muy sólida el convencimiento de que la situación y los pormenores que se iban a ir produciendo no tenían relieve ni legitimidad y que ninguno de ellos, incluso, los imprevistos como el que estábamos tratando, podía tener importancia frente al peso formidable de la totalidad de nuestra empresa.
-Eso me dijo, Roberto, óigame bien, me dijo nuestra empresa y con eso, acaso sin saberlo, terminó definitivamente con cualquier oposición de mi parte.
            Las pausas que von Hoffman le imponía a la historia, no las podía atribuir a cuestiones físicas como el cansancio o la agitación, eso hubiera sido una ingenuidad de mi parte. Esos silencios formaban parte de su maestría narrativa. Incluso, cuando su voz estaba en suspenso, su cuerpo y en particular su mirada, que no necesariamente, estaba dirigida hacia mí, se concertaban en una composición que acentuaba el sentido de lo dicho tanto como auguraban o hacían necesario lo que estaba por venir.
-Cuando llegué a mi departamento,  me guarecí en el dormitorio, tras los cristales del balcón y el espesor de las cortinas, el ánimo todavía sacudido por la inquietud que me había provocado tanto el encuentro con Macedonio como su consecuencia posterior; exiliado de cualquier tentación de sueño y arrojado a la perpetuidad de la vigilia, percibía los sordos sonidos de la noche. Desacompasados, sin ninguna organización y sin que el más fuerte de los empeños pudieran otorgarle una modulación armónica, me sentí al borde del abismo.  Pero no era precisamente que me estaba embargado por una pesadumbre, sino que revisaba mi vida y la veía como una sucesión de episodios cuya ilación nunca había pasado por la pasión, por una pasión como la que yo había confrontado hacía apenas unos minutos. No estaba aislándome en cualquiera de las variantes consoladoras de la autoindulgencia, sino que el abismo al cual me enfrentaba era el vacío que me provocaba equipararme con alguien que había sido capaz de vivir para un sueño vicario, un sueño para otro. Ni siquiera de ser otro, sino de alcanzar una meta que concebía como un don para quien admiraba. Tal era el desvío, que el don consistía en restituir para la memoria la voz de Macedonio, alcanzaba su incalculable valor, porque Froilán tenía el convencimiento que eso era lo que don Raúl, como él lo llamaba, pensaba.

-Como un personaje de un vaudeville distraído y un poco desaprensivo, me había sido hechizado por una proposición exótica, en consecuencia, me dejé llevar por la inercia y atraído por la fascinación que me producía aquel hombre había quedado atrapado en una celada, que acaso yo mismo contribuí de modo decisivo a mantener en funcionamiento.
-Mire, Roberto, usted debe saber muy bien que no hay nada más peligroso que acercarse demasiado a alguien que ha sido tomado por sueño, que se ha convertido en el vehículo que hace pasar la ilusión, la utopía, de la virtualidad al acto, esa cercanía  termina contaminando primero y luego sometiéndolo a uno al designio del otro. No vaya a tomar esto último como queja, que no lo es, sino más bien como una descripción.
-Yo era algo así como un traje en desuso, archivado ya de por vida. Froilán Estévez me permitió ingresar en un gran baile de máscaras y ser el héroe, o mejor dicho, el doble del héroe.


LVI – El dilema
La frase era más que elocuente, o mejor dicho inscrita en el contexto que estaba recomponiendo o imaginando a partir de algunas certezas, tenía el sentido apropiado para validar mi elucubración: “Estoy entrando en la etapa final de un proyecto que ya lleva en curso más de cinco años. Eso me permitirá destinar una porción considerable de mis ingresos mensuales a paliar la situación que con tanto detalle me venís exponiendo.” No puede tratarse otra cosa más que el final de la grabación de los textos de Macedonio en la voz de von Hoffman.
            Había alcanzado un punto de mi trayectoria en el que me enfrentaba a la decisión que supone una bifurcación, pero no era una alternativa simplemente, es decir, ir en una de las dos direcciones que se presentaban, sino algo más complicado. Debía elegir por cuál de los desvíos iniciar el encuentro con la otra vía.
            Según creía, Regina me había entregado las cartas con el objeto de que mi lectura reforzara o disipara una duda acerca de la identidad de su padre. Toda mi egomanía y mis divagaciones en torno del interés que podía tener de establecer algún tipo de relación afectiva conmigo se derrumbaron cuando me impuso de la causa por la que me entregaba esa correspondencia. Es decir, al rastreo que seguramente suponía que yo iba a hacer sobre esas cartas para buscar algún indicio que me condujera hasta los discos grabados por von Hoffman con la voz de Macedonio, debía agregarle la indagación acerca de una posible respuesta para el enigma que la asediaba vaya a saber desde cuándo.
            Esto último se había ido gestando lentamente en mis conjeturas, primero porque calculando la edad de Regina era posible que más allá de su presencia y su elegancia que podían disimular el paso de los años, no era atrevido pensar que el nacimiento en cuestión había sido el suyo. Como asaltado por un impulso repentino me incliné sobre el tablero que había compuesto con las cartas de Froilán, mi memoria visual me llevó hasta la segunda fila, casi al final de la primera página su tío decía, “…espero que la niña siga bien”. Eso reforzaba mi hipótesis. Regina ponía a prueba el archivo de su pasado, los datos que quizás estuvieran contradiciendo la versión que le habían repetido una y otra vez, vaya a saber cuántas veces a lo largo del tiempo.
            Cómo avanzar, ese era el pequeño dilema que trataba de resolver. Sabiendo lo que ahora he ido deduciendo, veo lo poco que entendí entonces. Había estaba sacando conclusiones de lo que Regina me parecía que buscaba, una evidencia imaginaria fundada en mi autobombo, basada en un puñado de hechos observables y fortuitos, pasibles de ser interpretados de una manera diametralmente diferente a la que yo le había dado. Si me hubiese animado a correrme de la escena, podría haber tenido una visión más adecuada. Lo pensaba ahora, contrastándolo con  la convicción  de que Regina era la personificación de una existencia edificada sobre una duda, que debe haber ido germinando primero de modo impensado, producida por algún gesto aislado, o por sentimientos percibidos como se reciben las esquirlas de una mina enterrada hace años en el terreno que uno transita como si fuera un jardín. Ahora ella se estaba aferrando a la legitimación de sus dudas que yo podría atenuar o reforzar.
            Sus heridas permanecían abiertas y cada vez que debía revisar su pasado, las escenas de su memoria volvía sobre aquellos detalles que le permitían sugerir ambigüedad, esas vivencias se habían revivido una y otra vez , la misma secuencia de tormentos y emociones multiplicadas vaya a saber por cuanto.  Aunque inicialmente las motivaciones de Regina me resultaran indescifrables, o mejor dicho, me parecieron orientadas  por su intento de conseguir algún tipo de lazo afectivo conmigo; en este fragmento de mi folletín me releo como muy proclive a exhibirme como alguien dispuesto a aceptar autoengaños y tramposas transformaciones de sucesos nítidos en alambicados indicios que me instalaban en escenas más fascinadas que vividas.
            En lugar de desembocar en la recaída de una decepción obligada, me situaba más bien como quien hace una revisión de sus errores no para hacer una confesión de descargo, sino para calcular adecuadamente los pasos a seguir y no perseverar en confundir los caminos clausurados con los atajos. Mientras escribo estas líneas, suenan mucho peor de lo que realmente fue, por lo menos en los términos de lo que yo pretendía, no demorar más la posibilidad de alcanzar la certidumbre de que era posible encontrar los discos de pasta con la voz de Macedonio.
            El dilema era privilegiar la historia de Regina, para aprovechar entonces el impacto emocional y avanzar en la dirección ansiada hacia el increíble tesoro, o hacer el camino inverso, jugar con su ansiedad y cambiar una cosa por otra.
(continuará)

martes, 2 de abril de 2013

La voz de Macedonio (folletín autobiográfico) 27° entrega



27 ° entrega de La voz de Macedonio

LIII-La copia
            Yo oía en las resonancias de esa voz que entonaba von Hoffman escenas de mi memoria, incluso imágenes reconstruyéndome a mí mismo frente a una mesa cubierta de volúmenes,  cuadernos y fichas.
En suma, amigos míos, lo que digo es que toda ética, si la hay, está en el sentimiento, sin máxima ni acción, tanto más dichoso cuando la acción se expide concorde y fluentemente. Sentir tristeza con los tristes alegría con los alegres, es toda ética. Después entonces la conducta se desplegará o no se desplegará, según que en los temperamentos haya una proporción feliz entre la afectividad de la emoción y la afectividad de la acción.
-De tanto en tanto sus palabras se cortaban, sus silencios formaban parte del sentido que estaba tratando de componer. Finalmente, después de demorarse largamente en la preparación de un mate, me miró fijamente me dijo:
Estimado Carlos, Usted que ha transitado las tablas  debe saber muy bien que el arte se diferencia de la mera copia, de la transcripción. Yo excluyo todo realismo o arte de la copia en todo arte, y en las dos fases –seria y humorística- de la prosa; y aun llamo realismo al género literario fantástico, pues es copia  de lo interior, de las imaginaciones, que copiar la percepción exterior o la imagen interior es lo mismo. Copiar, narrar imaginaciones, hasta ensueños, pesadillas, no es arte: hay un millón de pesadillas en cada cabeza humana y ningún interés en exponerlas por escrito. Entonces, ¿qué queda para la Prosa, suprimida la  narrativa, la descripción, los famosos caracteres, las sonoridades, las imitaciones fonéticas y todo género de sensorialidad? Debe quedar lo que sólo con la palabra escrita y con la palabra escrita se puede obtener. La hablada sin sonoridades, inflexiones, bella voz y gestos vale lo mismo y gestos vale lo mismo para la prosa, pero siempre la voz humana tiene alguna sensorialidad; victorioso queda el insípido garabato que se llama escritura, que ningún arte posee, absolutamente libre de impurezas. Por esto mismo la prosa o velarte-palabra es un inmenso problema, y el único problema de arte, tanto más difícil y por ello más arduo.
-Yo me sentí sacudido por lo que me decía Macedonio, en principio pensé que era una advertencia para lo que estábamos planeando. Pero, no había habido ninguna señal, ningún anticipo de parte nuestra para que él estuviera replicando el proyecto de Froilán. Esto era más grave aún, porque exponía su perspectiva que era indudablemente contraria a la idea que estábamos gestando.
            Von Hoffman se abandonó al recuerdo, su voz se apagó de golpe y su respiración se fue haciendo más agitada, su pecho se sacudía de manera intermitente, y un silbido cercano a la queja se escapaba entre sus labios. Por primera vez tuve conciencia del esfuerzo físico y emotivo al que ese hombre se había sometido. Me incorporé con la idea de pedir ayuda, pero su mano me hizo un ademán tan rápido como perentorio, que me paralizó. Era como si hubiera asumido, al menos por un instante, la genética familiar del autoritarismo propia de un terrateniente. A medio camino entre la obediencia y el asombro, me volví a hundir en mis almohadas.
-Fue la única vez que discutimos con Froilán. Yo estaba conmovido por esas palabras, él como siempre había tomado notas. Nos quedamos en un bar de las inmediaciones revisando una y otra vez los que nos había dicho Macedonio.
-Mi idea era que no había ninguna razón que justificara el hecho de que no lo hubiera puesto al tanto de lo que íbamos a hacer, que toda aquella conjura fuera a sus espaldas. Froilán no se perturbó en ningún momento, serenamente me fue exponiendo su postura, él creía que una vez terminada las grabaciones le entregaríamos una copia de Macedonio y una a Scalabrini, él iba a destruir la matriz; por lo tanto,  la transgresión quedaría a salvo porque serían ellos los que decidieran el destino de los discos. Además, el propio Macedonio había confiado los originales de sus obras a Scalabrini, o sea, el procedimiento  era el mismo.
-A pesar de la firmeza con que me iba exponiendo sus  convicciones, me sentía en falta con Macedonio, pensaba que estábamos defraudándolo, sorprendiéndolo en su buena fe. Entonces Froilán cambió el tono de su voz, abandonó la serenidad y sus palabras fueron alcanzando una sonoridad particular. Me habló de los años que había dedicado a la tarea de trascribir la palabra de Macedonio, de que esa no era su pasión porque lo hacía para corresponder al hombre que lo había salvado de un porvenir miserable y le había dado su amistad. Comprendí que no pretendía conmoverme, sino que expresaba sus sentimientos como un jugador que apuesta la última ficha que el quedaba. Eso se percibía en el pudor con que contenía sus ademanes y en una cierta molestia por la necesidad de mostrar  aquello que acaso había decidido ser, lo que íntimamente había justificado una existencia vivida al margen.

LIV- Voyeurismo
Esa grieta por donde pretendo filtrar mi mirada me divide entre un lector en busca de pistas, de indicios, que me permitan rastrear algunos destinos posibles de un paquete de discos o acaso de dos, pero no más de tres, que contienen unos cuarenta discos, y un voyeur que atisba la intimidad desde un mirador oculto.  No es simplemente una puja entre uno u otro, por posiciones bien definidas, simplemente son tonalidades superpuestas. Como voyeur trato ver sin ser visto, la grieta aparece entreabierta, observo y acaso confundo los renglones con los listones de una persiana o con una mirilla.
Las persianas evocan presencias disimuladas, miradas inquisidoras que se cierran o se abren según sea la localización en la que está situado el secreto a descubrir. Las persianas connotan las tensiones entre los que son vistos y los que no lo saben, entre los que, cobijados, se ocultan del exterior para ejercitar su arte de voyerismo, y los que expuestos a la intemperie intuyen las veladas presencias del interior. Las persianas están compuestas de pequeñas láminas de madera, las que pueden dejar traslucir en mayor o menor o menor medida la luz según sea la posición en que se ha detenido su recorrido hacia arriba o hacia abajo. 
            Especie de párpado mecánico, la mirilla que cierra o la mirilla que se entreabre, establecen una asimetría entre el ojo que ve y el cuerpo exterior que es mirado. Las palabras, entonces, deberán trasmitir una saber no perceptible para el ojo, con el objeto de que la violenta barrera erigida a los de afuera ceda y se permita el ingreso al refugio abriendo el camino. La puerta que en el relato de los sucesos era el lugar por el que se pasaba de un lado al otro del peligro, ahora, en el prólogo significa una barrera que hay que salvar.
            Espío, fisgoneo, me propongo ver entre las palabras escritas por ese trazo firme y seguro de Froilán algo más que lo que dice, no pretendo leer sino posar mi mirada sobre la intimidad de lo no dicho. La historia que voy imaginando en el vacío de la letra tiene matices diferentes al  que revela Peeters en su biografía sobre Derrida. En los dos casos el padre decide tomar distancia y dejar que madre sea quien se haga cargo de proseguir con la gestación, pero la hermana de Froilán parece haber plegado aún más el secreto y fingir que el embarazo era producto de su relación matrimonial. Mi voyeurismo se ha ladeado hacia el melodrama. He mantenido una meticulosa reticencia para nombrar a Regina como esa hija nacida al amparo de una coartada, quizás con el deseo de seguir al abrigo de mi puesto de vigía indecente.
            El lector a su turno, desaloja los claroscuros de las persianas y el movimiento pendular de la mirilla, trata de seguir el hilo de las palabras, el modo en que Froilán sitúa a su hermana en su orden de prioridades. En las cartas posteriores a mayo de 1948, trata de  dejar en claro que nada lo va a desviar de la concreción de su proyecto, ni siquiera ante una situación de la gravedad por la que atraviesa su hermana. En las cinco cartas hasta febrero de 1950, no hay ninguna señal que indique cambios significativos. Decido apartarme una vez más de las espesas contracciones del melodrama, no sin esfuerzo trato de que el lector se adueñe de mi mirada.
            En marzo de 1953, reaparece una alusión a la cuestión económica, que seguramente tiene que ver la grabación de los discos con la voz de Macedonio. “…recién ahora, después de casi cuatro años, puedo pensar que podré comenzara  disponer de un modo más suelto de mis ingresos…”. Persigo entonces esa posible ilación, unos meses después, en diciembre dice: “…solo la inmensa buena voluntad y compresión de quien me acompaña en la patriada en la que estoy empeñado, me permite enviarte  esta remesa para saldar las cuentas pendientes de pago de nuestro hermanito…”
            He logrado distender la tensión y el desvío de la puja con la inicié este nuevo intento, la intimidad que se desprende de las cartas de Froilán Estévez a su hermana están atrapadas en un lenguaje apegado a una retórica que pone distancia con cualquier forma de intimidad, mi mirada atraída por un motivo propio de un género que exige una necesaria cuota de morbosidad impúdica, me sedujo más de lo que yo creía posible.
            En la carta de setiembre de 1954 la pista se hace más nítida.
            (continuará)

           

Artículos

Heterónimos, por Roberto Ferro, revista Metaliteratura

Seminario 2008, Julio Cortázar