jueves, 28 de agosto de 2014

En Guanajuato, México, LA POÉTICA NARRATIVA DE JUAN CARLOS ONETTI


 LA POÉTICA NARRATIVA DE JUAN CARLOS ONETTI
 
Novelas cortas: El pozo, Los adioses, Para una tumba sin nombre y La muerte y la niña Cuentos: “Avenida de Mayo/Diagonal/Avenida de Mayo”, “El posible Baldi” y “Un sueño realizado”
Imparte el Dr. Roberto Ferro (Universidad de Buenos Aires)
8 al 11 de septiembre de 2014
10-14 hrs. Salón L3
Sede Valenciana
Informes: emsrolon@gmail.com
DIVISIÓN DE CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES- CAMPUS GUANAJUATO
DEPARTAMENTO DE LETRAS HISPÁNICAS, DEPARTAMENTO DE FILOSOFÍA Y MAESTRÍA EN LITERATURA HISPANOAMERICANA
CÁTEDRA JOSÉ REVUELTAS DE FILOSOFÍA Y LITERATURA
 
I - ENCUENTRO CON LA ESCRITURA
Víctor Suaid – Un hombre que está solo y va a caminar por la ciudad.
Un encuentro con una escritura y con un escritor. Una vi(sita) a Roberto Arlt.
“El posible Baldi”- La amenaza del otro.
II - UNA POÉTICA POSIBLE
Una aventura en Marcha. Periquito el Aguador y Grucho Marx, heterónimos (testaferros) de Onetti .
III – EL POZO – LA SOLEDAD DE LA ESCRITURA
La esceno – grafía de los sueños. “La confesión” imagina “las memorias”. El paso del tiempo deshace la identidad. Un narrador encerrado en el vacío. Una voz intempestiva.
IV–“UN SUEÑO REALIZADO” –
La ausencia excesiva de la representación.
V -LOS ADIOSES – LA INFIDELIDAD NARRATIVA
La visibilidad y la legibilidad. La fascinación de la verdad. Un narrador que escamotea.
VI - PARA UNA TUMBA SIN NOMBRE – LOS NARRADORES SE ACOPLAN
El chivo expiatorio. Un ritual de iniciación narrativa. La poética de la escritura del doctor Díaz Grey. Las historias sin cierre.
VII – LA MUERTE Y LA NIÑA – LA ESCRITURA DE LA AUSENCIA
En las recetas de Díaz Grey, el tiempo se escribe con mayúscula Transgresión de la ley del género. Jugar al solitario con cartas enmarcadas. El lugar del padre es una confabulación.


LA POÉTICA NARRATIVA DE JUAN CARLOS ONETTI
Imparte el Dr. Roberto Ferro (Universidad de Buenos Aires)
PROGRAMA

viernes, 1 de noviembre de 2013

Jornadas Libertella Lamborghini en Argentina

Se realizó en dos días, en localizaciones de la Biblioteca Nacional, Sala Ortíz, el 29 de octubre y en MALBA, en el auditorio el 30 de octubre. Los invitados, compartieron sus lecturas, notas y relación de amistad que mantuvieron con los autores. Una reunión de lujo que transcurrió con polémicas, intervenciones y más que nada, de pura literatura. En el video, Roberto Ferro, organizador por convocatoria de los escritores Silvana Lopez y Marcelo Damiani, inaugura las jornadas.

En otro momento de la reunión, al final del día, presentando al escritor Luis Gusman.

 



martes, 9 de julio de 2013

La voz de Macedonio - (folletín autobiográfico)

31° entrega de La voz de Macedonio (folletín autobiográfico)

LXI – Luz de agosto

Otra vez la respiración de von Hoffman se estaba desacompasando, una insipiente agitación se había ido transformando en un ronquido apenas perceptible que se asomaba como un fondo perturbador a sus palabras. Con la contrariedad propia de alguien que apuntala el sentido de lo que dice en los tonos con que modula su voz, primero había intentado disimular la dificultad elevando el registro, lo que en definitiva aceleró el proceso que lo alteraba hasta que, finalmente, optó por callarse. Antes levantó su brazo izquierdo y lo movió en un gesto que, al parecer, pretendía ser una disculpa a la vez un anuncio de que la interrupción sería transitoria.
            Me distraje con el rectángulo oscuro que adherido al vidrio de la ventana asediaba la luz de las lámparas que iluminaban débilmente aquel receptáculo en el que esperábamos el final de partida. Tuve la impresión de que algo había variado desde la última vez que me había sentido atraído por aquello que era algo más que un vacío sin fin. La oscuridad había comenzado a dar indicios de agotamiento, aparecían signos apenas visibles pero lo suficientemente consistentes como para anunciar que aquella cerrazón iniciaba su irremediable desvanecimiento.
            No sé por qué pensé en Onetti, acaso porque en su narrativa el deterioro es un motivo que atraviesa sus historias, acaso por que alguna vez había leído su  crítica caústica y sardónica a la traducción del título de la novela de William Faulkner Light in august. Ahí estaba, entonces, pensado a partir de una versión defectuosa en aquel final del mes de agosto, repentinamente, y sin otra explicación más que la asociación de ideas, eludo mencionarlo como fluir de la conciencia por razones obvias, también evoqué las palabras de la Queca, oídas por Brausen a través de tabique delgado, cuando era inminente la llegada de la tormenta de Santa Rosa.
            Como testimonio de la fugacidad de las percepciones, me quedé anclado en una divagación acerca del tiempo en que había estado atraído por el relato de von Hoffman, y solo me repetí en voz baja: “Casi toda la noche”.
            Como otras veces, la voz de aquel hombre surgió  con una fuerza y una claridad inesperadas.
-Levantó cuidadosamente el primer cuaderno de la pila de la derecha, tenía tapas negras y en la etiqueta alcancé a leer “1922, diciembre” pensé, sin  estar del todo seguro, en el trazado de una pluma cucharita manejada con cierta maestría. Froilán se detuvo apenas un momento en dejar correr las hojas por el borde de sus dedos, fue una de las pocas veces en que lo noté algo conmovido, como si se hubiera ausentado de la escena que compartía conmigo.
-Fue como una fisura que rápidamente disimuló, fue apenas un instante, enseguida retomó su compostura y fue de lleno al meollo del asunto para el que me había convocado. Obvió repetir los detalles que previamente habíamos ido concordando y me exhibió una serie muy prolija de planillas en las que había ido volcando los datos en los que había calculado la relación entre el espacio escrito y el lapso que yo necesitaba para interpretar la voz de Macedonio. Quería hacer una última prueba, me extendió el cuaderno abierto en la hoja que me proponía para que leyera y tomó un cronómetro mientras me miraba atentamente, y yo comencé:
No hay que descuidar algunos hallazgos psicológicos y metafísicos míos que pueden ser útiles para vivir.
Metafísica: la principal y máxima noción metafísico-práctica, es decir útil a nuestro rumbo eterno, es ésta:
a)     que toda Sensación es superable por la Emoción, es decir que podemos anular toda Sensación por el sentimiento y la Acción de él para eclipsar, no dejar acceso, a la Sensación; este es el mecanismo psico-fisiológico que se llama valor (de soportación y anulación). Es decir analgesiar el choque de la Sensación del Cosmos, de los Físico. El proceso de la función o aptitud, cómo es el momento o mecanismo psicológico fisiológico del valor –que se adquiere por largos ejercicios de representárselos dolores con actitud de superarlos- se traduce, en el momento del esfuerzo, en una intensa tensión atencional y muscular que tiende a no sentir.
b)     Lo importante es que conforme a mi idea de que el Pasado es todo conocimiento y para siempre….

-Froilán me interrumpió justo en la marca que había hecho sobre la última palabra que había alcanzado a pronunciar y se mostró satisfecho, se ajustó las mangas de la camisa tirando hacia afuera y me mostró el cronómetro.  Recién entonces me invitó a tomar asiento frente al escritorio y me extendió una de las planillas.
      Otra vez von Hoffman debió interrumpir su narración, esta vez una carraspera áspera y perseverante pareció ascender por su garganta hasta la boca y entorpecer sus intentos de continuar. No había dudas, por el fondo lejano de aquel cuadrado se había iniciado el final de la aquella noche de agosto, a pesar de que era el final del inverno, todavía las penumbras iban a resistir. Antes de que me vivieran a buscar, aún tenía tiempo de oír algo más de aquella historia.



LXII – Finalmente el baúl

Oyendo las palabras de Regina, dichas sin altisonancia y más bien tratando de postergar en su sonoridad cualquier forma de patetismo, me costaba imaginar que en esos papeles extendidos sobre mi escritorio había estado anidado un corazón de las tinieblas. Un núcleo persistente y de escasa luminosidad, pero la suficiente como para que aquella mujer albergara lo que se dice habitualmente como una ilusoria esperanza.
            Yo que había deseado oír esas palabras, ahora me demoraba pensando que de pronto hay algún pormenor, algún detalle insignificante que despierta recuerdos, imágenes alarmantes, que quedan atrapadas en secuencias impredecibles. Por un desvío, acaso innecesario, me detuve en el brillo de la mirada de esa mujer, estaba fijada en una de las cartas del tío Froilán, traté de rastrear a mi vez el lugar en el cual esa mirada se había quedado prendida, creí acertar, pero ella me desautorizó de inmediato.
-Ese hombre lejano y ausente fue el fundamento de mis sueños. El había sido el viajero, el que se había animado con romper con todas las sujeciones en las que los demás miembros de la familia quedábamos  sometidos. Además, vivía en la ciudad y había muerto como un héroe, había sido asesinado brutalmente por un grupo de cobardes que para intentar asesinar a Perón, no vacilaron en masacrar a cientos de transeúntes que jamás hubiesen imaginado el destino que los amenazaba.
Esa debe haber sido la causa de mis fabulaciones. El tío Froilán encarnaba una especie de bovarismo familiar para mí, quizás en algún momento le atribuí el poder de develarme las dudas de mi identidad, pero ya ve fue una manera torpe e inútil de cancelar dos deseos, el de saber quien había sido mi padre y el de seguir teniendo la protección de una presencia demiúrgica y protectora.
            Después hubo un silencio, que no me animé a perturbar. Y me dejé llevar por caminos laterales, acordándome, con toda la fuerza que los esquemas reduccionistas tienen, de la fuerza con que se imprimen en nuestra memoria imágenes de experiencias no vividas jamás. Seguí
especulando con la desmitificación del archivo como el depósito de variaciones en las que el deseo y los sueños imprimen un perfil decisivo. La escena que compartía con Regina era ciertamente desoladora, dejaba pasar los innumerables fragmentos insondables de tiempo. Las personas envejecen y mueren, al final, mueren, todos estamos condenados al olvido, solo se salvan alguno grumos, algunas formaciones densas acompañadas de nombres propios como fragmentos fósiles en los que sólo reparara un voyeur encubierto alguna disciplina. Yo trataba de postergar mi voyeurismo.
            Pensé en una estación de tren, no en una estación de tren sino en la Estación Santos Lugares, aquel lugar en el que yo había esperado tantas veces a mi padre cuando era todavía un niño que no viajaba solo y aprovechando esa excusa iba a aquel escenario tan deseado por mí. Apareció la imagen sin fundamento, o al menos sin el fundamento que yo podía considerar predecible, el tren se detuvo y algunos viajeros bajaron de él y otros subieron, personas normales moviéndose con aire habitual por lo lugares de siempre. Entre estos últimos venía mi padre. Me pereció recién entonces poder arriesgar un vínculo entre la desasosiego de Regina y mi recuerdo. Al parecer, me había quedado boyando sin anclaje e instintivamente busqué algo de que aferrarme.
-Yo era muy chica cuando pasó lo del tío Froilán. Me dijo inesperadamente.
- Encontré a mi madre llorando en su cama, lloraba sin convulsiones, incluso podría decirse que lloraba serenamente, pero sin consuelo. Recuerdo que la abracé y ella me acarició la cabeza una y otra vez, pero sin interrumpir su llanto.
A pesar de que tenía pocos años, ya había sido sacudida por la presencia de la muerte, pero por primera vez la desolación se había apoderado de mi madre de tal manera. Fueron varios días aciagos para la familia. Allí se detiene el flujo de mi memoria, como si otros episodios se hubieran superpuestos o, simplemente, que un vacío poderoso hubiera ocupado una porción de mi pasado hasta que otra vez la muerte se hiciera presente. Faltaban unos días para que cumpliera veinte años y andaba dejando que la tristeza de un amor no correspondido me enturbiara el entendimiento cuando otra vez encontré a mi madre con los ojos enturbiados de tristeza. Era diferente, no había llorado esta vez, simplemente me comunicó el fallecimiento del tío Alcides.
            El paso siguiente era hacerse cargo de sus efectos personales, había enviudado hacía ya unos cuantos años y sus hijos habían emigrado al norte y no teníamos noticias de ellos. Le cuento todo esto porque fue la primera vez que vi el baúl del que le he hablado hace un rato.

(continuará)

sábado, 1 de junio de 2013

La voz de Macedonio (folletín autobiográfico)


30° entrega de La voz de Macedonio (folletín autobiográfico)

LIX – Los cuadernos de Froilán Estévez

-Hay  mitos que circulan en cada profesión. Ya le habré dicho que yo no creo que todos los contemporáneos convivimos en un tiempo compartido, todo lo contrario, hay infinidad de agrupamientos que se amontonan en esferas de cristal o, si Usted prefiere, peceras en las que aquellos que comparten formas de vida, recursos económicos, palabras, formas de la memoria, se trasladan en una temporalidad uniforme. Esos recipientes son tan trasparentes que resultan invisibles, lo que produce la fascinación de que todos podemos entrar y salir de ellos. No lo voy a aburrir con esta clase de filosofía berreta, los que hemos vivido de la garganta, nos aferramos a ciertas recetas mágicas para que esa magia no se deteriore, porque finalmente la amenaza  que cita tan apropiadamente el tango siempre está asediando: porque la gola se va y la fama es puro cuento.
Como movido por un impulso secreto, se incorporó apoyándose en uno de sus codos, con una agilidad que no imaginaba posible en él, estiró su mano derecha hasta la mesita que compartíamos y se sirvió agua de la jarra. Luego la bebió con extraño goce. Después se volvió a hundir en las almohadas, miró un rato a ese punto indefinido que parecía revisar en un horizonte que iba más allá de pared y retomo su historia.
-Yo había dejado de fumar al día siguiente de mi primera actuación, Fu Manchú fue el portador de ese consejo, que yo acepté, aferrándome a esa disciplina con la idea de que mi voz era un tesoro que debía conservar indefinidamente. Pero después de mi exilio en el mundo, mi destierro hacia otra esfera, como si me tomara revancha, volví a mi atado de particulares fuertes por día. Era un modo de romper con el mito y también cortar otro de los hilos que me unían a un continente perdido.
-La mañana en que me iba a encontrar con Froilán, la recuerdo nítidamente porque desde que me desperté tuve una feroz necesidad de nicotina. Desayune con una taza de café recalentado que había quedado de la noche anterior en un jarrito en la mesada de la cocina. Movido por una inquietud que no podía controlar, me largué a la calle para buscar aflojarme un poco. A pesar de que me había propuesto ir caminando a paso cansino, no tardé mucho en llegar. Mientras Froilán me abría la puerta, todo eso que le he contado, me vino a la cabeza como una imagen que contuviera completamente ese intervalo. Luego de los saludos y el cruce de palabras habituales en esos casos, intenté encender un cigarrillo.  De manera cortés pero muy firme, Froilán me pidió que no fumara, porque el humo le hacía mal y agregó algunos detalles acerca de los padecimientos de un asma que arrastraba desde su infancia. Esa debe ser la razón por la que no hubo nada de lo que fue ocurriendo ese día que no me haya quedado grabado en la memoria de manera indeleble. Como tuve que sofocar el deseo durante toda aquella mañana, recurrí  una vez a los consejos de mi maestro, concentración en otra cosa, es decir, distracción dirigida, de ahí que puedo recordar hasta el más mínimo detalle de lo que estuve haciendo con aquel hombre mientras preparábamos la rutina del primer día de grabación.
-El departamento en que vivía Froilán estaba en el contra frente de un edificio construido en los años veinte del siglo pasado, los pisos altos, los pasillas anchos y profundos, los ascensores eran  lujosas jaulas cubiertas de arabescos y con un espejo cincelado que recibía a los pasajeros produciendo el efecto de una profundidad sin fin. Yo vivía solo hacía ya un tiempo suficiente como para hacerme una idea aproximada de lo que iba a encontrar. A pesar de todo eso, me sorprendí. El orden era tal que tuve la sensación, apenas entré, que Froilán nunca había vivido allí, que ese día había llegado un rato antes que yo. No había nada fuera de su lugar, incluso las cortinas estaban corridas de tal manera que la luz penetraba dando la luminosidad adecuada para el lugar. Con su habitual amabilidad, más bien retraída, me hizo pasar a una especie de comedor en el que había un escritorio y una única silla, al frente un ropero de roble ocupaba casi todo el largo de la pared.
Por su tamaño el escritorio con una doble cajonera era el único componente de aquella escenografía que producía una sensación de desacople. Una carpeta negra ubicada en el centro parecía ser el punto de referencia para los otros objetos que simétricamente se repartían a su alrededor. Una caja de metal contenía una goma y un pequeño cortaplumas de cabo dorado, estaban allí de guardia junto a una regla de metal que relucía impecable. Tres gruesos cuadernos de tapas de hule, uno negro y el dos azules esperaban pegados a los bordes de la carpeta. De frente a la carpeta había un portarretrato que recuadraba una fotografía algo amarillenta en la se asomaban algunos comensales de un banquete rodeando a un Macedonio más joven que el que yo había conocido, más atrás asomándose apenas entre dos cabezas  sonrientes aparecía Froilán con un gesto entre sorprendido y circunspecto.
-Froilán me tomó suavemente del brazo y me llevó al costado del escritorio, allí había un baúl de tamaño mediano con la tapa forrada de cuero repujado con extrañas figuras que parecían evocar una escena gauchesca. En su interior había una enorme cantidad de cuadernos similares a los que reposaban sobre el escritorio. Estaban acomodados en pilas, ordenados de acuerdo al color de las tapas, todos tenían etiquetas con inscripciones diversas en el primer renglón y abajo en cifras más grandes la fecha del año al que correspondían. Tras una pausa, me dijo cual era el programa que teníamos que seguir, mientras levantaba uno de los cuadernos y me lo extendía.

LX – El baúl de Froilán
Por primera vez  Regina iba a venir a mi estudio. Nos habíamos citado dos días antes y para mi preocupación había sido ella la que había interpuesto una serie de razones que la obligaban a postergar el encuentro. Como siempre cuando se producían estos huecos de espera el tiempo se dilataba  moviéndose en sintonía con los relojes blandos de Dalí. Yo deambulé como si fuera alguien suspendido en el espacio alejado de la fuerza de gravedad, me empeñaba en descartar cualquier forma de obstáculo que podría surgir de las actitudes de Regina, pero regresaban una y otra vez con mayor impulso.
            Esa espera se puede cifrar en la tensa ansiedad con que la esperé después de que puntalmente hubiera sonado el timbre del portero eléctrico anunciado puntualmente su llegada, fueron escasamente un par de minutos, pero no pude contenerme y recorrí el tramo que me separaba de la puerta una y otra vez.
            Solo cuando estaba finalmente frente a ella percibí el impacto del brillo de sus ojos, el desequilibrio entre esa vivacidad y el seño serio que dibujaban sus labios prietos y su cabeza erguida. Hubo una breve ceremonia de buenos modales y, finalmente, entonces me decidí a comentarle mi interpretación de aquellas cartas de Froilán Estévez que me había confiado con el objeto de que yo confirmara lo que seguramente ella había intuido, rumiado o sabido desde vaya a saber cuánto tiempo.
            Pero inesperadamente para mí, interpuso una nueva dilación, sin decir más que algunas frases de circunstancia, dejó su cartera sobre el primer asiento y mientras se sacaba el chal que cubría sus hombros se fue acercando a la ventana que daba a la calle Azcuénaga, era la última hora de un día del final del otoño; las frenéticas actividades de cientos de transeúntes y negocios atestados de rollos de telas diversas, los fletes de los que subían y bajaban bultos descomunales, los gritos de los changarines, el ruino infernal del tránsito, se habían ido extinguiendo hasta casi desaparecer. Más allá de los cristales innumerables puntos luminosos comenzaban a perforar la inminente oscuridad. Mi incertidumbre se plegó a ese movimiento de atenuación y por primera vez en los últimos dos días una calma me fue ganando. Tuve la convicción de que aquella ceremonia tenía que ver con un deseo recóndito de mantenerse de espaldas a lo que le iba a revelar, aunque fuera un rato más, una prolongación tan absurda como comprensible, en particular porque no habría revelación alguna, en todo caso, yo era el portador con mis palabras del filo del final, con que se descorrería un velo que casi no ocultaba nada.
            Una vez que nos dispusimos a conversar, fui extendiendo sobre la mesita que nos separaba las cartas de Froilán Estévez,  armando una suerte de collage. A continuación, le fui leyendo aquellos párrafos que iba formando un relato fragmentario que yo iba uniendo en los huecos con interpretaciones o indicios de verosimilitud. Durante todo ese tiempo, la actitud de Regina fue de una profunda atención, sus ojos no dejaban de recorrer las cartas y releer las citas que le iba señalando, y de tanto en tanto, como timándose con una pausa me observaba sin que alguna emoción particular se colara en su expresión.
            Cuando terminé, tras un breve silencio, sólo me dijo.
-Ya es tarde para cualquier forma de reparación, todos los personajes de esta historia están muertos, no hay nadie a quien pueda abrazar, ni reprochar, ni reclamar, ni pedirle o darle ternura. Cuando Usted apareció removió en mí una secreta y absurda esperanza, pero ya ve, nada de eso ocurrió. Tampoco es justo que Usted crea que ocupa un rol protagónico como el portador de un mensaje funesto, ha sido simplemente un eslabón más en la cadena. Incluso, alguien que se ha inmiscuido en esto porque tiene una inquietud fuerte, que le lleva a con fabularse con cualquier deseo de aquellos que puedan acercarlo a lo que anda buscando.
            Tras una breve interrupción, me dijo en otro tono:
-Hablemos de lo que a Usted le interesa, hablemos del baúl de mi tío Froilán.

            (continuará)

jueves, 25 de abril de 2013

La voz de Macedonio (folletín autobiográfico)


29 ° entrega de La voz de Macedonio 

LVII -Lavalle al 500
Acaso por primera vez la voz de von Hoffman se apagando hasta hacerse imperceptible, se había desviado de su relato, imprevistamente se preocupaba por el trascurrir del tiempo. En el espeso silencio en el que habíamos quedado atrapados, finalmente, pude descifrar su preocupación, me había preguntado si faltaba mucho para que nos vinieran a buscar. Intuí que esa inquietud no estaba relacionada con las circunstancias  límites que íbamos a enfrentar, sino porque no quería tener que anticipar el remate de su relato, era el tiempo de la historia lo que lo impacientaba, no el tiempo de la vida. Cuando retomó el hilo de su narración, la maestría del tono de las primera frases, me produjo la fascinación de que había logrado incorporar el hueco de silencio del que estaba saliendo, haciéndolo parte de su actuación.
-No exagero para nada si le digo que no pegué un ojo durante toda la noche, anduve deambulando por la pieza, asomándome a mirar por la ventana, apenas descorriendo las cortinas como si en cada gesto se jugara la posibilidad de ser descubierto. La perseverancia de Froilán me había  entregado a la exigencia de aceptar la vacuidad de mi vida. Ahí estaba, escondido de mí mismo, hurgando con una mirada furtiva el mundo de fuera, sabiendo de antemano que nada de lo que ocurría me podía preocupar, que nadie me estaba asediando, que había edificado un refugio inútil.
-Lo que vino después en el final de aquella madrugada fue impensado, me dejé llevar como una autómata por una serie de impulsos. Por una vez mis decisiones parecían surgir de una necesidad personal. Busqué la dirección de Froilán, que había anotado en uno de los tantos encuentros que tuvimos, más por su insistencia que por mi voluntad. Y me largué a su casa. Eran unas pocas cuadras.
-La luz comenzaba a  empujar las sombras de todos los recovecos y la ciudad se iba despojando de algunos misterios para cubrirse con la frenética agitación de transeúntes urgentes y de automóviles que se iban sumando como en un avalancha. Los habitantes de la noche, aquellos con los que había compartido una  buena parte mis variaciones de la nada, huían de aquella actividad espasmódica que tanto repudiaban.
-Me deje llevar hasta Lavalle cruzando la plaza Tribunales. Roberto, eran los primeros años cincuenta, esa calle tenía otra vida. No quisiera caer en el recurso fácil de compararla con esa feria de negocios truchos que reemplazaron los cines que se apretaban uno al lado del otro, ofreciendo desde sus marquesinas con luces de neón, como ve no puede contener la catarata de lugares comunes, los anuncios de los estrenos que cada semana inundaban la atención de innumerables espectadores. Que quiere que le diga, si el cine ha sido pensado como un archivo interminable de sueños y fascinaciones, lo que hoy ha quedado de eso es un amontonamiento de falsificaciones baratas.
            Me sonreí apenas, pensando que von Hoffman estaba retomando, sin saberlo, las ideas de Martínez Estrada, pero su voz se había tensado y parecía haber tomado un impulso decisivo dirigiéndose a un punto crucial.
-Las ciudades se van tendiendo unas sobre otras, a medida que pasa el tiempo, esos escenarios en los cuales ocurre nuestra existencia son empujados por otros decorados, entonces, el tiempo presente desaloja hacia un limbo intemporal, eso que solemos llamar memoria; son capas que se superponen y recubren las anteriores o las expulsan. Por eso a veces nosotros entramos a escena y estamos desubicados porque el decorado del presente no se corresponde con la obra que pensábamos actuar.
-Si Usted piensa, Roberto, que estoy dilatando este cuento para alcanzar otra resonancia al encuentro con Froilán, se equivoca en parte. Sólo en parte, porque si bien no deja de estar en lo cierto cuando imagina que estoy dejándome llevar por un recurso remanido para mantener su atención; pero, por otra parte, me cuesta volver sobre mis pasos, enfrentarme con aquellas imágenes, porque del mismo modo que hay muchas otras ciudades por debajo de esta por la que andamos, también hay innumerables Carlos von Hoffman por debajo de este que en ruinas va desgranado una historia que al parecer, ha logrado capturar su atención en estas horas que llevamos juntos.
-Froilán vivía al 500 de Lavalle, pasando Florida, casi a media cuadra, en un edificio de estilo art nouveau, que ha sido demolido, en su lugar ahora hay un cuadrado de cemento y vidrio, muy parecido a un cajón, o un ataúd. Tendré que contener las digresiones, porque me estoy empastando.
            Esto último lo dijo como en un aparte teatral, con un rictus en la boca y los ojos mirando al cielo raso, mientras alisaban el borde las sábanas que cubrían su cuerpo hasta la cintura.
-Toqué timbre y esperé unos minutos, en ese momento me arrepentí, no se me había ocurrido llamarlo por teléfono, su número estaba a consignado en mis anotaciones a continuación de los datos de su domicilio. Estaba dispuesto a ampararme en la huída, cuando la puerta se abrió y Froilán me tendió la mano amablemente. No parecía sorprendido, sólo me dijo que le había ganado de mano porque se estaba preparando para irme a ver a mi casa. Me invitó a pasar.


LVIII- El destino
La escena porvenir sería de cuerpo presente, a pesar de que no podía evitar conjeturar las reacciones posibles de Regina ante la emoción, la huella dolorosa, el efecto de la revelación intuida pero nunca confirmada. Toda la estrategia, todo el cálculo, maniobras que parecían apropiadas para definir esta etapa, se consumaba en una instancia del relato en el que el comienzo y el cierre dependían de mínimos detalles. Seguramente por estar encerrado en la burbuja de asuntos y temas relacionados con mis obsesiones, siempre me he recostado sobre la costumbre de pensar eso que por comodidad llamo mi vida y el encuentro con los otros como una serie de rutinas de gestos y voces, que se sucedían o se superponían en complejas constelaciones, que a las que se podía acceder a un desciframiento más o menos posible si se estaba atento a las señales. Eso me había fallado escandalosamente con Regina.
            No tenía seguridad alguna de que mis respuestas o la interpretación que yo hacía de las cartas de su tío, iba a significar un paso adelante para alcanzar la certeza de que los discos grabados por von Hoffman con la voz de Macedonio podían estar guardados en algún lugar y que ella conocía ese paradero.
            Cada relato es una transformación de un conjunto inasible de turbulencias en una línea que adelgaza la dispersión y las reúne en una trayectoria única, más allá de las variaciones y las manipulaciones que se puedan ejercen sobre su curso, un relato inscribe las vivencias en una dirección, pero no todo es pérdida en esas operaciones. Cuando se narra se agrega algo que no estaba, un plus que se añade y que tiene un peso decisivo en la significación.
            Estoy tratando de deslindar algunos matices de este folletín autobiográfico. Un folletín en el que sólo se atiende a un hilo narrativo de los muchos posibles; todo lo demás que pasaba en vida queda subsumido en la preeminencia que recibe el núcleo de la historia de la búsqueda de los discos en los que un imitador ha volcado la voz de Macedonio. Ese tesoro recoge la suma de sus palabras a lo largo de los años. Esta demarcación, este recorte brutal que llevo a cabo en mi narración, descartando cualquier incidencia que esté directamente relacionada con ese seguimiento, implica poner a la intemperie mis limitaciones y mis excesos, solo me interesaba encontrar esos discos, nada que lo que atravesaba mi vida en esas semanas tenía la mayor relevancia, dormir, comer, leer, hacer el amor, eran modulaciones espasmódicas,  urgencias biológicas incontrolables como respirar, urgencias de las que no vale la pena dejar constancia.
            Este recorrido por las motivaciones que se configuran en relato aparece como una maqueta de un parque temático apropiado para ilustrar mis obsesiones; estaba dispuesto a falsear y a manipular mis interpretaciones acerca de lo que había leído en las cartas de Froilán Estévez, si eso me aseguraba acercarme a la voz de Macedonio.
            No hay esto último una confesión que me ponga al abrigo de un cuestionamiento ético, que no sería ético, si lo expongo con esta crudeza es para situar a aquellos que se adentren en este folletín en la relevancia que ha tenido para mí esa obsesión. Si una identidad es el resultado de un elenco más o menos preciso de reiteraciones a lo largo del tiempo que permiten distinguir permanencia que se unen en figuraciones inestables, la de estar tan tenazmente aferrado (el significante es obligado, en toda su significancia) a un dirección única, repite la misma actitud que antes he tenido con Walsh, Onetti, Derrida, que ocuparon todo el horizonte de mi vida de manera casi absoluta. El trabajo de las connotaciones, que no tiene fin, puede desviar la atención sobre lo que acabo de apuntar. Este folletín pretende, o yo pretendo al escribir este folletín, desplegar un espacio protegido del avasallamiento de la dispersiones, concentrar el efecto del sentido en torno a algunas señales que se ajusten lo más posible a las vivencias tal como las puedo nombrar. 1985 no es el año en que me pude ir de Ford Motors Argentina, una especie amasijo entre un campo de concentración y una suerte de disneylandia doméstica en el que había  permanecido refugiado y/o detenido transitoriamente, sino el año en el que aparece mi primer librito sobre La vida breve. 1989 no es la fecha en la que se instala en el poder el gobierno más execrable de la Argentina en su etapa democrática, sino cuando descubro los originales de Revolución Nacional, periódico en el que Rodolfo Walsh publica sus primeros artículos sobre la masacre de José León Suárez. Mayo de 1992, no señala el momento en el que vi por última vez a aquella mujer a la que en el diario que llevaba en aquellos años llamaba, EP, estremecimiento profundo, sino que mi memoria lo registra como la imagen del momento en el que recibo un sobre desde Paris en el Jacques Derrida comenta mi libro.
            Por eso el encuentro que tendré en las próximas horas con Regina es decisivo para el destino de este relato.
(continuará)

Artículos

Heterónimos, por Roberto Ferro, revista Metaliteratura

Seminario 2008, Julio Cortázar