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domingo, 2 de enero de 2011

Borges en el linaje de Macedonio

Borges en el linaje de Macedonio
Esta es la tercera entrega del folletín teórico “Éxitos, linajes y cánones”. En el primer capítulo “Escrituras de ratificación, escrituras de suspensión”, se abordó la problemática de las relaciones de continuidad y discontinuidad entre textos que se hacen pertenecer a la literatura. Se abrió, entonces, la posibilidad de una interpelación en torno a una pregunta insistente e intimidatoria ¿qué es la literatura? Su desarrollo ocupó el siguiente capítulo en el que se planeó que una aproximación posible a esa interpelación debería estar centrada en la idea de que más que una referencia a algo concreto o una esencia trascendente; en este folletín el término literatura nombra un proceso de prácticas, disposiciones y creencias, atravesadas por un complejo entramado de fuerzas en pugna, articulados en forman de alianzas, contradicciones, exclusiones y solapamientos, que la constituyen como un conjunto productivo y cuya historicidad, es decir, su materialidad sociocultural, no se puede negar. Ese entramado se manifiesta en los diversos modos de legibilidad y de visibilidad, que le otorgan legitimidad a aquellos textos, autores, valores, que se consideran literarios. Se enumeraron cinco focos de legitimación que se corresponden con modalidades diversas de legibilidad. En la entrega de hoy, “Borges en el linaje de Macedonio”, abordaremos uno de esos focos: la reescritura como la legitimación de los escritores por los propios escritores.
Los textos y autores que en el presente reconocemos como literarios constituyen sólo una parte ínfima de lo que a lo largo del tiempo se ha ido produciendo en ese espacio. De la innumerable masa de textos y autores que participan de la literatura, sólo permanecen y se trasmiten unos pocos, aquellos que alcanzan un estatuto que se constituye a partir de instancias diversas de legitimación; por el contrario, la mayor parte de ellos queda en una suerte de limbo intemporal a la espera que se interrumpa el olvido y surja alguna forma de rescate.
La reescritura es una de las formas más reconocidas de la transmisión literaria. Pienso el concepto de trasmisión en complicidad con Regis Debray: es un proceso que se extiende en el tiempo según obligaciones, jerarquías, valores y protocolos que se despliegan por etapas o niveles. La perspectiva de la historia de la literatura habilita una mirada retrospectiva que permite trazar genealogías en las que los vínculos tramados entre escritura-lectura-reescritura constituyen los puntos de encuentro y diseminación de los linajes literarios. Aludir al trazado de genealogías supone una especulación en torno de la historia de la literatura en la que la instancia fundadora del sujeto no ocupa el centro de la escena. Ese presupuesto permite descartar de la figuración metafórica de linaje ya sean las posibles insinuaciones de lazos entre individuos geniales o encadenamientos de influencias entre iguales ya sean las connotaciones de un biologismo ingenuo por el cual las reescrituras son consecuencias de una anterioridad que anunciaba el porvenir, tanto en su desarrollo como en su desenlace.
Con la idea de linaje apelo, en cambio, a deslindar en el vasto archivo de la literatura, es decir, en la acumulación de textos y escritores del pasado, los modos de interacción con los sucesivos presentes, para caracterizar las reescrituras como el modo de legitimación que se extiende en tanto en la mediana como en la larga duración.
Desde una mirada retrospectiva, una mirada que se proponga centrase en los trazos dominantes que han caracterizado el espacio literario argentino, la importancia de la figura de Jorge Luis Borges es decisiva y determinante en tanto generador de operaciones críticas y, correlativamente, un activo propagador de políticas de la lectura que han tenido una gran preeminencia en la sedimentación de criterios y gustos literarios finalmente dominantes sobre aquellos antagonistas con los que confrontaban. El lugar de Leopoldo Lugones y de Macedonio Fernández en esa configuración relevante puede, de algún modo, establecerse a partir de los diversas entonaciones que la voz de Borges fue modulando para situar a alguno de ellos tanto en el rol de oponente en las polémicas literarias, o como aquel a quien Borges tiene la potestad de conceder un lugar en el panteón de un pasado ya clausurado y sin intervención en el presente, salvo la de la celebración póstuma. Borges ha sido un notable estratega de las luchas literarias, sus maniobras han sido decisivas tanto para la canonización como para la excomunión de otros escritores.
En 1965, Borges en colaboración con Betina Edelberg, escribe una introducción a la obra de Leopoldo Lugones, que luego fue publicada como un volumen separado, allí dice: Es muy sabido que no hay generación literaria que no elija a dos o tres precursores: varones venerables y anacrónicos que por motivos singulares se salvan de la demolición general. La nuestra eligió a dos. Uno fue el indiscutible genial Macedonio Fernández, que no sufrió de otros imitadores que yo; otro, el inmaduro Güiraldes de “El cencerro de cristal”, libro donde la influencia de Lugones – del Lugones humorístico del Lunario-, es un poco más que evidente. Por cierto, el hecho no es desfavorable para mi tesis.
Borges pone en la letra de esta cita lo que luego se transformará en el corazón maldito de un relato que recoge la versión de un modo de imaginar el curso que siguió la historia de la literatura argentina o, mejor dicho, la figuración del momento en que se resuelve una encrucijada decisiva del curso de esa historia. Es un relato que, con matices diversos, transita innumerables transcripciones que lo diseminan por los más recónditos márgenes del canon literario, pero que de una u otra manera siempre convergen en un punto de encuentro: “Macedonio nos salvó de Lugones”.
La trasmisión que se despliega en el proceso de escritura-lectura-reescritura puede ser trazada por una mirada crítica retrospectiva como una genealogía, pero eso es un constructo posterior que no supone linealidades únicas porque no puede haberlas. En cada instancia de lectura y reescritura se convocan los asedios de múltiples bibliotecas que expanden, desvían, amplifican, perturban, la escritura leída y reescrita. Como pensaba Paul Valéry en un texto participan múltiples temporalidades e incalculables magnitudes de sentidos posibles. El escritor como si fuera una araña teje una tela extendida, a menudo, más allá de lo que el animal ha intentado, que bien puede morir sin haber comprendido buena parte de lo que ha pasado. Mucho tiempo después vendrán otros a enredarse con sus hilos, especulando, para retomar la tarea en orden a una economía que siempre será incompleta e incesante.
“Macedonio nos salvó de Lugones” repiten insistentemente en las versiones conspirativas, aquellos que exhiben como prueba de sus fabulaciones algunas genealogías posibles que revelan linajes macedonianos, por supuesto Borges, pero también Marechal, Cortázar, Piglia, Saer y Libertella.
http://www.sintagmas.com.ar/notas.asp?con_codigo=886&aut_codigo=247&men_codigo=17
Genealogías que no son lineales porque si lo fueran ignorarían, sólo para citar un ejemplo relevante, el peso que la escritura de Arlt tiene en la narrativa argentina desde los años cincuenta en adelante. “Nos salvo” es un modo de confirmar que no ha habido reescrituras de Lugones, o al menos los focos de legitimación no los han registrado; en cambio, sí las ha habido de Macedonio y muy prolíficas. Para especular con este modo de pensar los linajes y los trazados genealógicos en la narrativa argentina he tenido en cuenta tanto el concepto de dominante de Tinianov, como el de hegemonía de Gramsci, que considero a veces complementarios a veces en tensión contradictoria.
La consistencia y el porvenir de lo que llamamos literatura dependen en gran medida de este foco de legitimación: la continuidad de una escritura en la urdimbre de incalculables lecturas-rescrituras que la trasforman y expanden.
(Continuará)






Roberto Ferro rferro@filo.uba.ar

lunes, 27 de diciembre de 2010

¿Qué es la literatura?, una interpelación

Roberto Ferrorferro@filo.uba.ar
¿Qué es la literatura?, una interpelación
Como corresponde a todo texto que pretenda ser reivindicado como folletín, a partir de este capítulo la serie "Exitos,linajes y cánones" incluirá una breve noticia de lo desarrollado anteriormente.
En la entrega del 23 de diciembre se presentó como una tentativa para establecer una diferencia entre escrituras de ratificación y escrituras de suspensión, en tanto que puntos extremos de un continúo que participa de la literatura. El suspenso quedó centrado en ese término “literatura”, de ahí que el comienzo del fragmento que sigue sea una tentativa especulativa provocada por la interpelación de esa pregunta.
Sin desconocer el cúmulo de complicaciones que convoca la pregunta ¿Qué es la literatura?, pero alejado de toda tentación de imaginar que estoy contestando esa cuestión, sino antes bien, a partir de la interpelación de su insistencia abierta, trato de aproximarme a una especificación de lo que con el término literatura nombro en las siguientes líneas.
Literatura más que una referencia a algo concreto o una esencia trascendente, nombra un proceso de prácticas, disposiciones y creencias, atravesadas por un complejo entramado de fuerzas en pugna, que se articulan en forman de alianzas, contradicciones, exclusiones y solapamientos, constituyéndola como un conjunto productivo y cuya historicidad, es decir, su materialidad sociocultural, no se puede negar.
La literatura aparece socialmente configurada a partir de una dinámica de relaciones entre diversos modos de legibilidad y de visibilidad, en gran parte heredados pero en constante mutación y transformación. Con esto retomo la idea de regímenes escópicos de la entrega anterior, esos campos de legibilidad hace socialmente visibles a objetos, sujetos, valores e instituciones que son identificados y/o reconocidos como literarios.
Esa diversidad de modalidades de lectura y los discursos que las teorizan establecen una distinción entre los textos, escritores, poéticas, a los que se hace participan de la literatura de aquellos que quedan ya sea en sus márgenes ya sea formando parte de otros espacios discursivos como la filosofía, la ciencia, la religión, entre otros. Las operaciones que participan de ese deslinde nunca han conseguido como resultado la instauración de un único límite nítido y estable, puesto que junto con las dificultades propias de la distinción, los criterios que las sustentaban han estado sometidos a profundas variaciones históricas. Es por esa razón que las prohibiciones o las incorporaciones a lo largo de las sucesivas épocas se instalan en el presente a partir de formas complejas: a veces como supervivencias naturalizadas, otras como desplazamientos e incorporaciones desde y hacia otros espacios sociales.
La legitimación en el espacio literario argentino está íntimamente vinculada a la heterogeneidad de los focos de construcción de legibilidad, desde los que se van haciendo tangibles las disposiciones y las creencias que legalizan lo literario, ya sean textos, protocolos, poéticas, escritores o instituciones. Esas instancias legitimadoras son muy diversas, a veces el recorte que cada una de ellas impone coincide parcialmente con las de las otras, a veces entra en contradicción y debate. En los distintos focos los criterios varían; por lo tanto, diseñar un mapa aproximado de su configuración supone reflexionar sobre la particular circulación de los textos en ellos y, correlativamente, revisar las variantes que esa indagación tiene en relación con el sistema de periodizaciones y los dispositivos en las instituciones literarias las ubican y legalizan. Es difícil caracterizar la enorme complejidad y variedad de las modalidades de lectura que participan en las prácticas sociales. Aquello que cada época considera literario conforma un régimen de legibilidades específico. Lo que en otros términos significa: prácticas, disposiciones y creencias, entramadas con conjunto de procesos históricos, culturales y epistémicos, arraigados en la relativa estabilidad que le otorgan las instituciones que establecen y legislan las continuidades y las discontinuidades.
En función de esas fuerzas históricas e historiables, a menudo contrapuestas, la legibilidad no forma un todo indiferenciado e inalterable sino que se modifica y transfigura en cada período. A pesar de ello, las transformaciones no suponen la liquidación de los modos anteriores sino su integración en un nuevo campo de relaciones.
Sin la pretensión de una fina exhaustividad, y más bien movido por el trazo grueso del esquema urgente, creo que es posible distinguir cinco focos de legitimación en el espacio literario argentino contemporáneo (me refiero específicamente a un lapso que abarca unos cuarenta años a esta parte), que tienen diferentes incidencias según los casos; el orden en que los enumero no supone un criterio de valor.
Las listas de los más vendidos que semanalmente aparecen en los suplementos culturales, sumada a la presencia de los escritores en entrevistas o reseñas en los diarios de mayor circulación y en revistas de interés general, es un modo de legitimación centrado en los efectos de la actualidad y diseña un campo de legibilidad con un amplio radio y de gran diversidad, pero marcado por la impronta de lo efímero.
La crítica universitaria que circula en las cátedras, en las revistas académicas, en los trabajos de investigación, en los congresos y simposios que reúne a los críticos vinculados a la universidad, es un foco con un radio más restringido con otros valores en juego, con otro ritmo e incidencia; pero también con una permanencia asentada en trabajos de una circulación menos sujeta a los vaivenes cambiantes del presente inmediato.
También hay que considerar como un foco de legitimación las revistas literarias que se diferencian de los dos anteriores por su dinamismo, por la exposición de problemáticas vinculadas a las poéticas en pugna y a un modo de desarrollo de los protocolos de lectura que pone el acento en especificidades del campo literario que tienen una particularidad distintiva.
Asimismo tienen relevancia los premios literarios que otorgan los grupos editoriales generalmente asociados a empresas periodísticas que potencian su difusión. Y en una dimensión que excede el ámbito local, los premios que promueven las editoriales españolas tienen una notable incidencia, en particular desde hace unos quince años. Esto último supone dos aspectos relevantes, ante todo, por la repercusión que alcanzan en los medios europeos y latinoamericanos y, luego, porque son un índice del incremento de la participación de la industria editorial española en la publicación de escritores argentinos.
Finalmente, es de notable importancia para el espacio literario la legitimación de los escritores por los propios escritores, la circulación de los textos en los grupos de contemporáneos, las diversas modalidades de rescate o rechazo de aquellos que constituyen o no el canon tradicional; en definitiva, la legitimación que supone para todo escritor la permanencia de los restos de su poética en la escritura de los otros.
De igual manera que en fragmento anterior, la espera queda tendida hasta el nuevo capítulo.
(Continuará)

jueves, 23 de diciembre de 2010

Escrituras de ratificación/escrituras de suspensión

Roberto Ferrorferro@filo.uba.ar
Escrituras de ratificación/Escrituras de suspensión
Este es el primer fragmento de una serie en la que me propongo reflexionar especulativamente en torno de tres asuntos íntimamente entrecruzados y que, según creo, caracterizan los modos de lectura de los textos que hacemos participar de la literatura: éxitos, linajes y cánones.
Partiendo de la idea de que no hay cesuras entre las múltiples modalidades de escritura y el mundo, puesto que el “mundo” no consiste en colecciones o agrupamientos diversos de cosas, sino en campos de significados que van articulando zonas de pasaje y equilibrio con zonas de tensión y conflicto (debo reconocer mi deuda con el concepto de campo electromagnético de J.J.Thompson más que con el de campo intelectual de Pierre Bourdieu), es posible, entonces, trazar imaginariamente una cartografía de la diferencia que se tiende entre escrituras de ratificación y escrituras de suspensión. Diferencia referida a la magnitud de la significación posible que las escrituras ponen en juego en las innumerables escenas de lectura a las que son atraídas. (Los textos no pertenecen a un género en particular ni se pueden incluir en categorías o taxonomías excluyentes, sino que participan de varias de esas posibles alternativas sin ninguna exclusividad dispuesta a priori. Si bien es indiscutible la concepción de que son los lectores quienes inscriben los textos en los géneros, la plasticidad y la dimensión significativa de la escritura es la instancia primordial que promueve la multiplicidad y la complejidad de esas lecturas.)
Esa diferencia que se tiende entre las escrituras de ratificación y las de suspensión no es de orden cuantitativo porque es incalculable, no depende de una unidad de medida que la verifique; sí, en cambio, supone la posibilidad de delinear un rango dominante que las distinga; de ello resulta también que los términos en cuestión no forman parte de una oposición dicotómica, sino que designan los puntos extremos de un continuo en constante expansión. Las escrituras de ratificación aparecen re-presentando una con-figuración de significados con un algo grado de estabilidad fundados en ciertos parámetros re-conocibles, que habilitan la fascinación de la ilusión mimética y de los regímenes escópicos vinculados al espejismo de las figuraciones múltiples y cambiantes de la correspondencia o la imitación como categorías modélicas de la verdad (dejo constancia de mi deuda con Christian Metz en relación con el concepto de regímenes escópicos, que de una reflexión en torno de la imagen cinematográfica traslado a la letra literaria. Lo que el ojo que lee constituye como legible en las escrituras de ratificación está vinculado con estructuras aceptadas por la razonabilidad de la doxa que funciona como la clausura de la proliferación del sentido.). Las escrituras de suspensión perturban las jerarquías de significados estratificadas y/o estereotipadas; por lo tanto, desplazan la re-presentación instalándose en la deriva de una semiosis infinita. Las escrituras de ratificación representan un mundo que las precede, las escrituras de suspensión postulan el advenimiento posible de un mundo no-representable. (Finalmente, ratificación y suspensión reconocen una cierta genealogía próxima a lo legible y lo escribible de Roland Barthes).
A la manera de un folletín semanal, este fragmento se cierra con una espera.
(Continuará)
Roberto Ferro

sábado, 3 de abril de 2010

LEER A CORTAZAR. AHORA EN EL MALBA

Leer a Cortázar. Ahora en el MALBA

En los últimos años de la primavera alfonsinista dicté cursos y seminarios de literatura latinoamericana en el Centro Cultural San Martín. En ese período aun quedaban destellos de un inquieto entusiasmo por el retorno de la democracia. La inscripción a las actividades programadas era libre y gratuita, lo que generaba un desafío para los expositores por las variaciones de todo tipo que atravesaban a los participantes. Durante dos años, entre abril y diciembre de 1987 y 1988, mi propuesta estuvo centrada en la narrativa de Julio Cortázar, el primero dedicado a sus cuentos, el siguiente a sus novelas.
Si la intervención activa era el rasgo distintivo de los concurrentes, durante los seminarios sobre Cortázar se redobló esa apuesta, lectores de diferentes edades y con muy diversa formación exponían sus lecturas con una pasión que otorgaba a sus interpretaciones una modulación de intensidad inigualable.
Esa fue una experiencia que marcó de manera indeleble mi trabajo como profesor en los años siguientes. Mis clases en universidades argentinas y del extranjero, las actividades en diferentes instituciones culturales, los diálogos tan insistentes como dispersos con lectores en cualquier circunstancia o espacio, fueron formando en mí la convicción de que aquellos que se sentían atraídos por los textos cortazarianos hasta hacerlos sus preferidos diferían de los demás grupos similares.
Una y otra vez, me propuse escribir extensamente sobre la obra de Julio Cortazar. Los libros sobre Onetti , Derrida, Walsh, Macedonio o Tabucchi, que me ocuparon los años siguientes, podrían servir de coartada para explicar la continua postergación que sometía a esa proyecto; a pesar de que hay algo de verdad en eso, creo que los sucesivos diferimientos están íntimamente vinculados con un intento de comprensión, que aun creo insuficiente, en torno de la relación entre la escritura cortazariana y sus lectores apasionados.
Los análisis que algunos críticos han desarrollado sobre ese asunto me resultan decepcionantes; Beatriz Sarlo, por ejemplo, suele atribuir a los lectores de Cortázar un estado de perpetua adolescencia; de todos modos, sus afirmaciones se reducen a dos parámetros, por una parte, sólo se refiere a un fragmento muy reducido de su obra y, por la otra, sus argumentos se acercan más bien a una confesión autobiográfica que, en definitiva, sólo se limita a exponer cambios de gusto personales, antes que una reflexión fundada en alguna investigación consistente. En otros casos, el nombre de Cortázar es lo suficientemente atractivo como para que lectores críticos como Gonzalo Garcés lo usen con afanes autorreferenciales, para estigmatizarlo con afirmaciones tan rimbombantes como vacías de sentido, que por ende, descalifican a los lectores cortazarianos; mientras escribo dudo si la calificación de lector crítico que le atribuyo es un eufemismo o una hipérbole, digo porque acaso el paradigma intelectual de Garcés esté más próximo a Jacobo Winograd que a Roland Barthes o a David Viñas, y tengo dudas acerca de que su área de conocimiento sea el campo literario, pero me voy a permitir ese deslizamiento urgente.
En 2008, enfrentaba una situación extraña, al menos para mí, distintas editoriales me anunciaron casi simultáneamente, que programaban para los próximos meses la publicación de varios de mis libros. Debo confesar, que aún perdura mi extrañeza frente a esa situación; ante la cual, me he refugiado en la idea de estoy frente a uno de los tantos avatares de los vínculos bizarros entre los ensayistas de crítica literaria y los editores, más que a un designio personal. Ya sin excusas, tendría que volver al proyecto de un gran libro sobre Cortázar; con ese propósito programé un seminario de grado para dictar en la carrera de letras bajo el título de “Teoría y crítica del cuento fantástico en la obra de Julio Cortázar”. Hubo record de inscriptos más de 150, de los cuales unos 30 eran alumnos extranjeros que cursaban por programas de intercambio; para ese entusiasmo no había otra razón más que el contenido del seminario, la obra de Cortázar seguía convocando más que cualquier otro de los temas que había dictado en los años anteriores. Entonces, una vez más, mi objeto de deseo quedaba interferido por esa duda metódica acerca de la relación entre los lectores y Cortázar, ahora agravada, esos lectores eran alumnos universitarios, sus intervenciones exhibían un marcado rigor teórico y una notable madurez crítica, pero también en su abrumadora mayoría tenían un lazo afectivo que marcaba a fuego sus lecturas críticas. En Metaliteratura, se han publicado algunas de las monografías del seminario, que testimonian por sí mismas mi afirmación acerca de la entidad de esos trabajos.
Mientras iban apareciendo mis libros, primero Derrida. El largo trazo del último adiós, luego De la literatura y los restos, ambos a finales del 2009, y finalmente, Fusilados al amanecer. Walsh y el crimen de Suarez, a principios de este año, fui diseñando un itinerario posible que me permitiera reflexionar acerca de los modos de lectura de la obra de Cortázar que producen el particular efecto de ser notablemente resistentes y renovados, más allá del paso de los años; muchos de los lectores del seminario de la Facultad no habían nacido en 1984, el año de la muerte del escritor, por lo tanto, estaban alejados de todas las circunstancias que colocaron al escritor en el centro del canon de la literatura latinoamericana a mediados de la década del 60. En qué consiste esa fascinación, ese interés, que hace a los cortazarianos viajar de un texto a otro, que los lleva a conservar las ediciones plagadas de notas, a atesorar primeras ediciones, a insistir en regresar a los mismos cuentos y novelas una y otra vez.
Entonces, justamente entonces, Carla Scarlatti, responsable de la programación de los cursos de literatura en el MALBA, me convoca para participar en la programación de este año. No tuve dudas, le envíe un proyecto: Julio Cortázar. Todos los cuentos el cuento. La inscripción quedó colmada apenas se comenzó hacer la difusión. El curso que está por terminar el próximo viernes 8 de abril, será repetido desde fines de este mes, fueron más los inscriptos que quedaron fuera del cupo, que los que pudieron realizar el curso.
Nuevamente la experiencia de trabajar con los textos de Cortázar me imponía una exigencia de otro tipo. La clase de apertura en el MALBA tuvo ese inestable misterio del primer encuentro: miradas inquietas, gente que llega tarde y se acomoda como puede ante la mirada de reproche de los que ya habían empezado a meterse en el tema; salvo uno que otro, todos eran desconocidos entre sí. La cuestión a resolver para mí radicaba en cómo empezar, cómo convocar la atención de un público tan heterogéneo. Los alumnos universitarios entregan dos seguridades, ante todo cierta coincidencia en el proceso de su formación da uniformidad a su competencia y, por otra, cierta comunidad de objetivos. Como siempre ocurre con este tipo de cursos, el público del MALBA en su diversidad, exige mucho más de quien va a coordinar el trabajo.
Mi idea, apoyada en la experiencia, era presentarme como un lector versado que se sitúa frente a los textos con el objetivo de llevar a cabo una apertura hacia el interior, es decir hacia la comprensión de la construcción textual, de sus sentidos posibles y de sus múltiples apuestas, para lo cual me iba presentar como portador de un saber acreditado que me permitía sintetizar en unas pocas líneas una cartografía adecuada. Para llevar a cabo esa tarea, como un guía iniciado debía conocer acabadamente los terrenos a transitar para prevenir posibles extravíos, insinuar los pasajes más adecuados y, finalmente, advertir sobre los atajos que facilitaran a los inminentes lectores un recorrido apropiado, sin sacrificar, sino antes bien alentar el deseo de goce y de asombro.
En cambio esta vez, asediado tanto por miradas tan cómplices como inquisitivas, preferí dejarme llevar por el movimiento que fueron suscitando en mí las sucesivas lecturas de los cuentos de Cortázar con que se iniciaba el curso. Más que un guía práctico, me situé en el lugar de aquel que elije compartir experiencias y pensamientos, sin imponerlos como sugerencias o instrucciones anticipadas de uso. Ante todo, busqué exponer mi experiencia de lector como aquel que ha sido trasformado por el camino emprendido. Que la lectura hubiera sido para mí una experiencia en el sentido de camino recorrido pretendía exponer nítidamente que privilegiaba ante todo la idea de búsqueda más que cualquier forma de respuesta cerrada. Indagación de la escritura leída, en primer lugar, puesto que esa escritura nunca aparece como un presente por anticipado y sin embargo nos llama desde un más allá de su materialidad significante.
El resultado fue magnífico. Ese grupo, que con cautela no exenta de tensa atención, a medida que trascurría ese primer encuentro fue soltando las amarras y las intervenciones se hicieron más frecuentes, se reveló de modo magnífico a medida que pasaban las clases: en los días siguientes a cada clase mi e mail comenzó a ser visitado cada vez con mayor asiduidad, me llegaba con inquietudes, preguntas, dudas, deseos de continuar, confesiones, textos escritos, señales de ayuda, y básicamente agradecimientos.
Leer Cortázar. Ahora en el MALBA, ha renovado mis preocupaciones acerca de los modos de leer su escritura, el curso que estoy terminando más que despejar dudas me ha impuesto en la exigencia de una búsqueda que supere los condicionamientos de los lugares comunes con que la crítica cree tanto haber canonizado como ajustado cuentas con la obra de Julio Cortázar.
Buenos Aires, Coghlan, 3 de abril de 2010

Roberto Ferro
rferro@filo.uba.ar