viernes, 20 de mayo de 2011

Volver a leer el viaje

Roberto Ferrorferro@filo.uba.ar
Volver a leer el viaje
He regresado a algunos estantes de mi biblioteca en los que serenamente me esperan libros con los que he fantaseado, en algún momento del pasado, volver a encontrarme. Esta vez el grueso volumen elegido se ha dejado balancear sobre la palma de la mano que lo recibe sin vacilaciones. El relato del viaje- De Sarmiento a Umberto Eco de Jorge Monteleone. Cuando miro la fecha de edición, me sorprendo: 1998. En principio no lo puedo creer, me pregunto cómo puede ser que haya permanecido ese sabor durante tantos años, un sabor de placer mezclado con la nostalgia de una edad de oro. No es la magdalena proustiana, es un entrecruzamiento diferente. Por una parte, evoca la imagen de un chiquilín demasiado alto para su edad, con los pantalones casi rozándole los tobillos y un mechón rebelde asomado en el balcón de las cejas, que con cierta congoja de sinrazón acaba de leer La vuelta al mundo en ochenta días y se pregunta por qué ha terminado la aventura. Esa era la raíz de su desasosiego, cuando Phileas Fogg y Jean Passpartout, ya han arribado a Londres y el suspenso de la apuesta se ha disuelto, se quedaba de nuevo en los bordes de la realidad. Y, por otra, esa evocación se solapa con el lector de policiales que siempre reivindiqué como el más adecuado para asumir la representación de mi adicción insaciable, el obsesivo de los vagabundeos por la teoría literaria y de a ratos por la crítica, recostado en ese gesto de buscar el sentido como se persigue el secreto, con la actitud estrábica del que debe abarcar con su mirada un más allá de la letra. Es decir, el primer encuentro con el libro de Jorge me había permitido atraer a la misma escena como en un pliegue dos momentos distantes de mi pasión de lector. Relatos de viajes como aventuras de adolescente y como divagaciones de ensayista; es decir, volver a deambular con Stevenson y Verne, se entreveraba con la cartografía que trazaban Barthes y Derrida con los que yo me confabulaba. Pensé en un pliegue porque la escritura de Jorge Monteleone traza una pirueta, la metáfora es obligada, una pirueta en la que se mezcla el prestidigitador con el equilibrista. Su voz narrativa se trama con los relatos de los invitados a contar sus viajes, entonces el principio y el fin de cada itinerario, la extensión entre cada extremo, se trastornaba en un sondeo por las profundidades de sentido.
Vuelvo a paladear el gusto de releer El relato de viaje y me acerco a sus múltiples puntos de fuga, ya que su desafío reside en que no entrega la seguridad de las cómodas cartografías sino el riesgo de las trayectorias inciertas en las que se suceden, pero también que se corresponden los lugares y las miradas, momentos en que los escenarios se desvanecen o se desvían hacia la molienda del recuerdo.
Como bien dice Erbóreo R. Frot que dice Jorge Cáceres: la escritura de Monteleone no sigue la trayectoria de una piedra lanzada hacia adelante, que una vez en movimiento, recorre un camino definido; más bien se parece a la agitación constante de un paisaje de nubes o al itinerario incierto de un hombre que deambula por las calles, desviándose aquí por una sombra, más allá por un grupo de curiosos o una extraña combinación de apariencias, y que, por último, va hacia a un final inesperado que nunca imaginó alcanzar.

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