miércoles, 9 de marzo de 2016

Los borradores de MACEDONIO

(Una casi novela sin  final)

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Henry James, que yo recuerde, y Juan Rulfo, convocaban a fantasmas para componer relatos llenos de ecos, voces tenues que se entrecruzaban y borraban límites de todo tipo: entre realidad y sombras, entre afirmación y conjetura, entre movimiento y detención. También, a su manera, lo hizo Onetti, más bien con los sueños, pero Ferro, en esta novela, en la que se pueden percibir ecos, sobre todo de Onetti y de Cortázar, lejanos y tenues, convoca a sombras que contribuyen a resolver un enigma totalmente bizarro y encantador: la voz perdida de otro fantasma, Macedonio Fernández.

Ferro la subtitula “casi” novela, tal vez porque no omite una historia, la suya propia, de investigador, o si se quiere, de crítico literario que se anima a construir una narración en la que la sabiduría compite con el interés por situaciones y personajes reclutados en el acervo de la mejor novela argentina.

Originalidad absoluta: un narrador, que no renuncia a su interés de crítico, persigue una verificación que concierne a un escritor que en sí mismo y en su obra es fluyente y exquisito; la búsqueda lo lleva a personajes y lugares que dibuja con una precisión sin desmayo, desfile de fantasmas que traen cada uno historias relacionadas no sólo con esa búsqueda sino con experiencias literariamente tan atractivas como pudieron serlo los aguafuertes de Roberto Arlt: ese centro de Buenos Aires, mágico y peculiar, lleno a su vez de ecos de proezas canallas y proyectos inverosímiles, semillero de seres que le dieron a esta ciudad una fisonomía única.

Macedonio, mito viviente de una literatura viva, tiene en esta “casi” novela una resurrección impensada, en un suspenso narrativo de una maestría sin igual.

 

Noé Jitrik

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