domingo, 2 de enero de 2011

Borges en el linaje de Macedonio

Borges en el linaje de Macedonio
Esta es la tercera entrega del folletín teórico “Éxitos, linajes y cánones”. En el primer capítulo “Escrituras de ratificación, escrituras de suspensión”, se abordó la problemática de las relaciones de continuidad y discontinuidad entre textos que se hacen pertenecer a la literatura. Se abrió, entonces, la posibilidad de una interpelación en torno a una pregunta insistente e intimidatoria ¿qué es la literatura? Su desarrollo ocupó el siguiente capítulo en el que se planeó que una aproximación posible a esa interpelación debería estar centrada en la idea de que más que una referencia a algo concreto o una esencia trascendente; en este folletín el término literatura nombra un proceso de prácticas, disposiciones y creencias, atravesadas por un complejo entramado de fuerzas en pugna, articulados en forman de alianzas, contradicciones, exclusiones y solapamientos, que la constituyen como un conjunto productivo y cuya historicidad, es decir, su materialidad sociocultural, no se puede negar. Ese entramado se manifiesta en los diversos modos de legibilidad y de visibilidad, que le otorgan legitimidad a aquellos textos, autores, valores, que se consideran literarios. Se enumeraron cinco focos de legitimación que se corresponden con modalidades diversas de legibilidad. En la entrega de hoy, “Borges en el linaje de Macedonio”, abordaremos uno de esos focos: la reescritura como la legitimación de los escritores por los propios escritores.
Los textos y autores que en el presente reconocemos como literarios constituyen sólo una parte ínfima de lo que a lo largo del tiempo se ha ido produciendo en ese espacio. De la innumerable masa de textos y autores que participan de la literatura, sólo permanecen y se trasmiten unos pocos, aquellos que alcanzan un estatuto que se constituye a partir de instancias diversas de legitimación; por el contrario, la mayor parte de ellos queda en una suerte de limbo intemporal a la espera que se interrumpa el olvido y surja alguna forma de rescate.
La reescritura es una de las formas más reconocidas de la transmisión literaria. Pienso el concepto de trasmisión en complicidad con Regis Debray: es un proceso que se extiende en el tiempo según obligaciones, jerarquías, valores y protocolos que se despliegan por etapas o niveles. La perspectiva de la historia de la literatura habilita una mirada retrospectiva que permite trazar genealogías en las que los vínculos tramados entre escritura-lectura-reescritura constituyen los puntos de encuentro y diseminación de los linajes literarios. Aludir al trazado de genealogías supone una especulación en torno de la historia de la literatura en la que la instancia fundadora del sujeto no ocupa el centro de la escena. Ese presupuesto permite descartar de la figuración metafórica de linaje ya sean las posibles insinuaciones de lazos entre individuos geniales o encadenamientos de influencias entre iguales ya sean las connotaciones de un biologismo ingenuo por el cual las reescrituras son consecuencias de una anterioridad que anunciaba el porvenir, tanto en su desarrollo como en su desenlace.
Con la idea de linaje apelo, en cambio, a deslindar en el vasto archivo de la literatura, es decir, en la acumulación de textos y escritores del pasado, los modos de interacción con los sucesivos presentes, para caracterizar las reescrituras como el modo de legitimación que se extiende en tanto en la mediana como en la larga duración.
Desde una mirada retrospectiva, una mirada que se proponga centrase en los trazos dominantes que han caracterizado el espacio literario argentino, la importancia de la figura de Jorge Luis Borges es decisiva y determinante en tanto generador de operaciones críticas y, correlativamente, un activo propagador de políticas de la lectura que han tenido una gran preeminencia en la sedimentación de criterios y gustos literarios finalmente dominantes sobre aquellos antagonistas con los que confrontaban. El lugar de Leopoldo Lugones y de Macedonio Fernández en esa configuración relevante puede, de algún modo, establecerse a partir de los diversas entonaciones que la voz de Borges fue modulando para situar a alguno de ellos tanto en el rol de oponente en las polémicas literarias, o como aquel a quien Borges tiene la potestad de conceder un lugar en el panteón de un pasado ya clausurado y sin intervención en el presente, salvo la de la celebración póstuma. Borges ha sido un notable estratega de las luchas literarias, sus maniobras han sido decisivas tanto para la canonización como para la excomunión de otros escritores.
En 1965, Borges en colaboración con Betina Edelberg, escribe una introducción a la obra de Leopoldo Lugones, que luego fue publicada como un volumen separado, allí dice: Es muy sabido que no hay generación literaria que no elija a dos o tres precursores: varones venerables y anacrónicos que por motivos singulares se salvan de la demolición general. La nuestra eligió a dos. Uno fue el indiscutible genial Macedonio Fernández, que no sufrió de otros imitadores que yo; otro, el inmaduro Güiraldes de “El cencerro de cristal”, libro donde la influencia de Lugones – del Lugones humorístico del Lunario-, es un poco más que evidente. Por cierto, el hecho no es desfavorable para mi tesis.
Borges pone en la letra de esta cita lo que luego se transformará en el corazón maldito de un relato que recoge la versión de un modo de imaginar el curso que siguió la historia de la literatura argentina o, mejor dicho, la figuración del momento en que se resuelve una encrucijada decisiva del curso de esa historia. Es un relato que, con matices diversos, transita innumerables transcripciones que lo diseminan por los más recónditos márgenes del canon literario, pero que de una u otra manera siempre convergen en un punto de encuentro: “Macedonio nos salvó de Lugones”.
La trasmisión que se despliega en el proceso de escritura-lectura-reescritura puede ser trazada por una mirada crítica retrospectiva como una genealogía, pero eso es un constructo posterior que no supone linealidades únicas porque no puede haberlas. En cada instancia de lectura y reescritura se convocan los asedios de múltiples bibliotecas que expanden, desvían, amplifican, perturban, la escritura leída y reescrita. Como pensaba Paul Valéry en un texto participan múltiples temporalidades e incalculables magnitudes de sentidos posibles. El escritor como si fuera una araña teje una tela extendida, a menudo, más allá de lo que el animal ha intentado, que bien puede morir sin haber comprendido buena parte de lo que ha pasado. Mucho tiempo después vendrán otros a enredarse con sus hilos, especulando, para retomar la tarea en orden a una economía que siempre será incompleta e incesante.
“Macedonio nos salvó de Lugones” repiten insistentemente en las versiones conspirativas, aquellos que exhiben como prueba de sus fabulaciones algunas genealogías posibles que revelan linajes macedonianos, por supuesto Borges, pero también Marechal, Cortázar, Piglia, Saer y Libertella.
http://www.sintagmas.com.ar/notas.asp?con_codigo=886&aut_codigo=247&men_codigo=17
Genealogías que no son lineales porque si lo fueran ignorarían, sólo para citar un ejemplo relevante, el peso que la escritura de Arlt tiene en la narrativa argentina desde los años cincuenta en adelante. “Nos salvo” es un modo de confirmar que no ha habido reescrituras de Lugones, o al menos los focos de legitimación no los han registrado; en cambio, sí las ha habido de Macedonio y muy prolíficas. Para especular con este modo de pensar los linajes y los trazados genealógicos en la narrativa argentina he tenido en cuenta tanto el concepto de dominante de Tinianov, como el de hegemonía de Gramsci, que considero a veces complementarios a veces en tensión contradictoria.
La consistencia y el porvenir de lo que llamamos literatura dependen en gran medida de este foco de legitimación: la continuidad de una escritura en la urdimbre de incalculables lecturas-rescrituras que la trasforman y expanden.
(Continuará)






Roberto Ferro rferro@filo.uba.ar

lunes, 27 de diciembre de 2010

¿Qué es la literatura?, una interpelación

Roberto Ferrorferro@filo.uba.ar
¿Qué es la literatura?, una interpelación
Como corresponde a todo texto que pretenda ser reivindicado como folletín, a partir de este capítulo la serie "Exitos,linajes y cánones" incluirá una breve noticia de lo desarrollado anteriormente.
En la entrega del 23 de diciembre se presentó como una tentativa para establecer una diferencia entre escrituras de ratificación y escrituras de suspensión, en tanto que puntos extremos de un continúo que participa de la literatura. El suspenso quedó centrado en ese término “literatura”, de ahí que el comienzo del fragmento que sigue sea una tentativa especulativa provocada por la interpelación de esa pregunta.
Sin desconocer el cúmulo de complicaciones que convoca la pregunta ¿Qué es la literatura?, pero alejado de toda tentación de imaginar que estoy contestando esa cuestión, sino antes bien, a partir de la interpelación de su insistencia abierta, trato de aproximarme a una especificación de lo que con el término literatura nombro en las siguientes líneas.
Literatura más que una referencia a algo concreto o una esencia trascendente, nombra un proceso de prácticas, disposiciones y creencias, atravesadas por un complejo entramado de fuerzas en pugna, que se articulan en forman de alianzas, contradicciones, exclusiones y solapamientos, constituyéndola como un conjunto productivo y cuya historicidad, es decir, su materialidad sociocultural, no se puede negar.
La literatura aparece socialmente configurada a partir de una dinámica de relaciones entre diversos modos de legibilidad y de visibilidad, en gran parte heredados pero en constante mutación y transformación. Con esto retomo la idea de regímenes escópicos de la entrega anterior, esos campos de legibilidad hace socialmente visibles a objetos, sujetos, valores e instituciones que son identificados y/o reconocidos como literarios.
Esa diversidad de modalidades de lectura y los discursos que las teorizan establecen una distinción entre los textos, escritores, poéticas, a los que se hace participan de la literatura de aquellos que quedan ya sea en sus márgenes ya sea formando parte de otros espacios discursivos como la filosofía, la ciencia, la religión, entre otros. Las operaciones que participan de ese deslinde nunca han conseguido como resultado la instauración de un único límite nítido y estable, puesto que junto con las dificultades propias de la distinción, los criterios que las sustentaban han estado sometidos a profundas variaciones históricas. Es por esa razón que las prohibiciones o las incorporaciones a lo largo de las sucesivas épocas se instalan en el presente a partir de formas complejas: a veces como supervivencias naturalizadas, otras como desplazamientos e incorporaciones desde y hacia otros espacios sociales.
La legitimación en el espacio literario argentino está íntimamente vinculada a la heterogeneidad de los focos de construcción de legibilidad, desde los que se van haciendo tangibles las disposiciones y las creencias que legalizan lo literario, ya sean textos, protocolos, poéticas, escritores o instituciones. Esas instancias legitimadoras son muy diversas, a veces el recorte que cada una de ellas impone coincide parcialmente con las de las otras, a veces entra en contradicción y debate. En los distintos focos los criterios varían; por lo tanto, diseñar un mapa aproximado de su configuración supone reflexionar sobre la particular circulación de los textos en ellos y, correlativamente, revisar las variantes que esa indagación tiene en relación con el sistema de periodizaciones y los dispositivos en las instituciones literarias las ubican y legalizan. Es difícil caracterizar la enorme complejidad y variedad de las modalidades de lectura que participan en las prácticas sociales. Aquello que cada época considera literario conforma un régimen de legibilidades específico. Lo que en otros términos significa: prácticas, disposiciones y creencias, entramadas con conjunto de procesos históricos, culturales y epistémicos, arraigados en la relativa estabilidad que le otorgan las instituciones que establecen y legislan las continuidades y las discontinuidades.
En función de esas fuerzas históricas e historiables, a menudo contrapuestas, la legibilidad no forma un todo indiferenciado e inalterable sino que se modifica y transfigura en cada período. A pesar de ello, las transformaciones no suponen la liquidación de los modos anteriores sino su integración en un nuevo campo de relaciones.
Sin la pretensión de una fina exhaustividad, y más bien movido por el trazo grueso del esquema urgente, creo que es posible distinguir cinco focos de legitimación en el espacio literario argentino contemporáneo (me refiero específicamente a un lapso que abarca unos cuarenta años a esta parte), que tienen diferentes incidencias según los casos; el orden en que los enumero no supone un criterio de valor.
Las listas de los más vendidos que semanalmente aparecen en los suplementos culturales, sumada a la presencia de los escritores en entrevistas o reseñas en los diarios de mayor circulación y en revistas de interés general, es un modo de legitimación centrado en los efectos de la actualidad y diseña un campo de legibilidad con un amplio radio y de gran diversidad, pero marcado por la impronta de lo efímero.
La crítica universitaria que circula en las cátedras, en las revistas académicas, en los trabajos de investigación, en los congresos y simposios que reúne a los críticos vinculados a la universidad, es un foco con un radio más restringido con otros valores en juego, con otro ritmo e incidencia; pero también con una permanencia asentada en trabajos de una circulación menos sujeta a los vaivenes cambiantes del presente inmediato.
También hay que considerar como un foco de legitimación las revistas literarias que se diferencian de los dos anteriores por su dinamismo, por la exposición de problemáticas vinculadas a las poéticas en pugna y a un modo de desarrollo de los protocolos de lectura que pone el acento en especificidades del campo literario que tienen una particularidad distintiva.
Asimismo tienen relevancia los premios literarios que otorgan los grupos editoriales generalmente asociados a empresas periodísticas que potencian su difusión. Y en una dimensión que excede el ámbito local, los premios que promueven las editoriales españolas tienen una notable incidencia, en particular desde hace unos quince años. Esto último supone dos aspectos relevantes, ante todo, por la repercusión que alcanzan en los medios europeos y latinoamericanos y, luego, porque son un índice del incremento de la participación de la industria editorial española en la publicación de escritores argentinos.
Finalmente, es de notable importancia para el espacio literario la legitimación de los escritores por los propios escritores, la circulación de los textos en los grupos de contemporáneos, las diversas modalidades de rescate o rechazo de aquellos que constituyen o no el canon tradicional; en definitiva, la legitimación que supone para todo escritor la permanencia de los restos de su poética en la escritura de los otros.
De igual manera que en fragmento anterior, la espera queda tendida hasta el nuevo capítulo.
(Continuará)

jueves, 23 de diciembre de 2010

Escrituras de ratificación/escrituras de suspensión

Roberto Ferrorferro@filo.uba.ar
Escrituras de ratificación/Escrituras de suspensión
Este es el primer fragmento de una serie en la que me propongo reflexionar especulativamente en torno de tres asuntos íntimamente entrecruzados y que, según creo, caracterizan los modos de lectura de los textos que hacemos participar de la literatura: éxitos, linajes y cánones.
Partiendo de la idea de que no hay cesuras entre las múltiples modalidades de escritura y el mundo, puesto que el “mundo” no consiste en colecciones o agrupamientos diversos de cosas, sino en campos de significados que van articulando zonas de pasaje y equilibrio con zonas de tensión y conflicto (debo reconocer mi deuda con el concepto de campo electromagnético de J.J.Thompson más que con el de campo intelectual de Pierre Bourdieu), es posible, entonces, trazar imaginariamente una cartografía de la diferencia que se tiende entre escrituras de ratificación y escrituras de suspensión. Diferencia referida a la magnitud de la significación posible que las escrituras ponen en juego en las innumerables escenas de lectura a las que son atraídas. (Los textos no pertenecen a un género en particular ni se pueden incluir en categorías o taxonomías excluyentes, sino que participan de varias de esas posibles alternativas sin ninguna exclusividad dispuesta a priori. Si bien es indiscutible la concepción de que son los lectores quienes inscriben los textos en los géneros, la plasticidad y la dimensión significativa de la escritura es la instancia primordial que promueve la multiplicidad y la complejidad de esas lecturas.)
Esa diferencia que se tiende entre las escrituras de ratificación y las de suspensión no es de orden cuantitativo porque es incalculable, no depende de una unidad de medida que la verifique; sí, en cambio, supone la posibilidad de delinear un rango dominante que las distinga; de ello resulta también que los términos en cuestión no forman parte de una oposición dicotómica, sino que designan los puntos extremos de un continuo en constante expansión. Las escrituras de ratificación aparecen re-presentando una con-figuración de significados con un algo grado de estabilidad fundados en ciertos parámetros re-conocibles, que habilitan la fascinación de la ilusión mimética y de los regímenes escópicos vinculados al espejismo de las figuraciones múltiples y cambiantes de la correspondencia o la imitación como categorías modélicas de la verdad (dejo constancia de mi deuda con Christian Metz en relación con el concepto de regímenes escópicos, que de una reflexión en torno de la imagen cinematográfica traslado a la letra literaria. Lo que el ojo que lee constituye como legible en las escrituras de ratificación está vinculado con estructuras aceptadas por la razonabilidad de la doxa que funciona como la clausura de la proliferación del sentido.). Las escrituras de suspensión perturban las jerarquías de significados estratificadas y/o estereotipadas; por lo tanto, desplazan la re-presentación instalándose en la deriva de una semiosis infinita. Las escrituras de ratificación representan un mundo que las precede, las escrituras de suspensión postulan el advenimiento posible de un mundo no-representable. (Finalmente, ratificación y suspensión reconocen una cierta genealogía próxima a lo legible y lo escribible de Roland Barthes).
A la manera de un folletín semanal, este fragmento se cierra con una espera.
(Continuará)
Roberto Ferro

viernes, 10 de diciembre de 2010

Mario Vargas Llosa, la historia secreta de un premio

Mario Vargas Llosa ha sido distinguido con el premio Nobel de Literatura 2010. No hay duda que lo ha buscado; por lo tanto, pocas veces con mayor precisión podría decirse: “Usted se lo merece”. Un muy esquemático recorrido por su trayectoria confirma esa aseveración. Sus novelas y cuentos que circulan en los años sesenta impulsados por las mareas expansivas del boom: Los jefes (1959), La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1966), Los cachorros (1967), Conversación en la catedral (1969), exhiben un conjunto de procedimientos narrativos como rasgo propio y distintivo: el monólogo interior, la fragmentación de voces y perspectivas narrativas, la ruptura de la linealidad temporal, el montaje de series que se entrecruzan. A pesar de que esos procedimientos habían sido utilizados por otros escritores latinoamericanos desde la vanguardias de los años 20, Vargas Llosa establecía un vínculo, a menudo groseramente directo, entre esa “innovación narrativa”, concebida de forma falaz y con notable ignorancia como una gesta de modernización superadora de una supuesta parálisis en la que estaba sumida la literatura latinoamericana estragada de realismo costumbrista, por una parte y, por otra, la necesidad de salir del atraso social y económico de la región incorporándose a la dinámica del mundo desarrollado.
En cambio, en lo que sí debe reconocerse a Vargas Llosa su carácter de pionero es en su alineamiento con el programa de la revolución conservadora que Reagan y Thatcher encabezaron en los años ochenta y, luego, con el consenso de Washington en la década siguiente, ningún otro intelectual latinoamericano fue más consecuente con la defensa de la libre empresa y de los intereses del capital concentrado en América Latina. En ese aspecto ha ejercido un rol que nadie alcanza igualar.
Especialmente desde La guerra del fin del mundo (1981), una versión reaccionaria del levantamiento de Antônio Conselheiro y la guerra de Canudos, e Historia de Mayta (1985), centrada en el arrepentimiento de un militante trotkista que hace una revisión crítica de su militancia, su obra de ficción puede ser leída como narrativa de tesis, articulada a partir de un elenco reducido de motivos ideológicos. Las ficciones que luego siguió publicando, cargadas de lugares comunes y reiteraciones, que su indudable talento narrativo no alcanza a disimular, han circulado en renovadas ediciones sostenidas sobre eficacia del poderoso logo Vargas Llosa.

Pero donde su programa se manifiesta de modo nítido es en su obra crítica, incluso más aún que en su actividad periodística, en particular en los ensayos La utopía arcaica (1996), sobre la obra de José María Arguedas y El viaje a la ficción (2009) en el que aborda la obra de Juan Carlos Onetti. En 1968, en la Washington State University, Vargas Llosa lee una conferencia en la que devela las claves y el proceso de escritura de su novela La casa verde, que fue luego publicada en Tusquets bajo el nombre de La historia secreta de una novela (1971). Sería quimérico imaginar que repita el mismo gesto con esos dos ensayos, es decir, que revele a sus lectores las estrategias a partir de las que ha leído críticamente la obra de Arguedas y de Onetti reduciéndolas a módulos ejemplares de un programa ideológico alejado y contradictorio de las poéticas de esos grandes escritores latinoamericanos. ( Ver mi artículo “Vargas Llosa se ha declarado en default” en http://www.sintagmas.com.ar/notas.asp?con_codigo=852&aut_codigo=240&men_codigo=17

El premio Nobel de Literatura no consiente ser cuestionado exclusivamente desde la literatura, hay otros componentes que participan en esa distinción. No me caben dudas de que, a lo largo de los años, Mario Vargas Llosa ha intervenido activamente en una compleja madeja de redes de influencias con el objetivo de alcanzar ese logro, para lo cual debió involucrarse en operaciones que no están directamente vinculadas a la escritura literaria. Por eso considero que después de haber bregado tanto, merece haber sido premiado. Hay muchos pocos casos de hombres públicos en los que búsqueda y consumación de un resultado estén más relacionadas que en su caso.




Roberto Ferro
Buenos Airs, Coghlan, diciembre de 2010.



lunes, 29 de noviembre de 2010

Presentación de Martín Kohan a "De la literatura y los restos"

Roberto Ferrorferro@filo.uba.ar
Presentación de Martín Kohan a "De la literatura y los restos", en la Biblioteca Nacional, el 16 de setiembre de 2010




Presentación de La literatura y los restos de Roberto Ferro en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires

Ya ha sido dicho (lo ha dicho Ricardo Piglia) que la crítica literaria es un género autobiográfico. Se trata, según se prefiera, de un enfoque vitalista (la crítica se impregna de vida) o literario (quien quiera contar su vida, deberá contar sus lecturas). Pero en cualquier caso, al comenzar De la literatura y los restos, Roberto Ferro ensaya un gesto diferente. El texto inicial, “Palabras liminares”, puede leerse como un ejercicio de autorretrato crítico. Después de dejarse retratar, como lector, por el prólogo de Noé Jitrik, Ferro emprende un autorretrato: esboza la imagen de ese crítico literario que decide ser (autoconciencia, expresión de deseos, imagen de sí, cifra de ambición, espejo inducido: lo propio de todo autorretrato).
Ferro descarta paradigmas críticos, metáforas establecidas de lo que es o debe ser todo crítico literario. Convencido y convincente, procede a hacer sucesivamente a un lado al crítico taxonomista (el que ordena y clasifica), al crítico detective (el que presupone una verdad y la rastrea), al crítico pontífice (el que encarna una verdad y la defiende), al crítico juez (el que “dictamina la justa verdad del sentido”), al crítico magíster (el que “imparte la enseñanza del en sí literario”); y postula, en cambio, como alternativa polémica y como proyecto de figuración en la que va él mismo a inscribirse, otras variantes: el crítico viajero (utopía itinerante de un “lector en tránsito” renuente a cualquier fijación), el crítico jugador (el que, escéptico de las causalidades, entrega sus lecturas al azar), el crítico contrabandista (el que transgrede las jurisdicciones conceptuales y transgrede las fronteras establecidas, sus leyes y sus aduanas).
Ahí donde el crítico detective, por caso, queda del lado de la ley (o en una relación ambivalente, en el mejor de los casos, si se trata del policial negro), el crítico contrabandista que Roberto Ferro postula se decide por las actividades ilícitas. Va en procura sostenida de lo que “no se deja atrapar en la mera transparencia del lenguaje codificado en figuras impuestas”, recela de las bibliotecas (aunque ahora estamos en una) y de los ordenamientos canónicos, de las instituciones que imponen sentidos y maneras de leer. Decidido a perturbar semejantes pautas, a desviarse de ellas o a transgredirlas, el crítico contrabandista que propone Ferro sabe bien de qué tiene que cuidarse: de la transparencia, del ordenamiento, de lo impuesto o los impuestos, y sabe bien cuál es su objetivo: no dejarse nunca atrapar.
No sorprende, por lo tanto, que las diversas lecturas que componen De la literatura y los restos insistan en su orientación hacia los “puntos de fuga”. Es el afán esperable en el crítico contrabandista, frente al afán de persecución del crítico detective o del crítico juez. Los puntos de fuga instalan a los textos en una lógica de expansión y multiplicidad, en una diversificación por la que la certeza de cualquier verdad definitiva se difiere y se escurre como quien dice para siempre. No obstante el dispositivo de proliferación que es propio de los puntos de fuga, es posible señalar en el recorrido de este libro ciertos puntos de apoyo que lo sostienen y a la vez lo escanden: en el comienzo, o ya desde la portada, el prólogo de Noé Jitrik, la conexión que va a propiciar una disposición de entendimiento crítico; promediando el volumen, las páginas de “Una maquinita estrafalaria de lectura”, especie de poética crítica que Ferro decide reeditar para sostener y enfatizar una vívida declaración de principios; por fin, concluyendo la primera parte y haciendo centro en la tercera, dos artículos en particular: uno sobre Macedonio Fernández y el otro sobre Jacques Derrida.
Porque las lecturas de Ferro se remiten a objetos diversos: Cortázar, Lemebel, Mallea, Conti, Roa Bastos, Jitrik, Vila-Matas, Raúl Dorra, Tabucchi, la narrativa policial latinoamericana, la literatura infantil en general. Y lo hace con categorías teóricas que hacen a la solvencia de una manera de entender la literatura, la escritura, el lenguaje: categorías como intervalo, diseminación, diferimiento, fisura, deriva, nomadismo, rizoma, deconstrucción. Las de Ferro son lecturas que, en su sucederse, se mantienen rigurosamente reacias a las seducciones de la totalidad, de la completad estabilizada, de la plenitud de la presencia, de la metafísica que acecha en toda fijeza y en toda certeza. Su apuesta es muy otra, y Ferro la despliega: fragmentar, discontinuar, inacabar, desestabilizar, resistirse a la unidad no menos que a las totalidades cerradas, resistirse a clausurar sentidos y a instalarse en el confort de lo unívoco. Si admite un todo, es un todo abierto, es decir un falso todo; si hay sentidos, proliferan, se fugan como multiplicidad, sin ocultarse como una cifra a la espera de la develación. Se trata así de lo ilegible y de sus restos, semiosis sin fin, inagotabilidad de la significación; se trata de complicar las estructuras de sentido, perturbar sus normas, abrir indefinidamente todo aquello que por sí mismo podría cerrarse definitivamente. Contra la metafísica de la presencia, cultivar y persistir en el arte de la ausencia: arte de la sustracción, del diferimiento del yo, de la desestabilización de la identidad, de la deconstrucción de un origen. La maquinita estrafalaria que Ferro compone y echa a andar opera en las referencias, pero no en los referentes; aceita sus engranajes con espeso escepticismo sobre objetos preexistentes, declara la imposibilidad de alguna correlación unívoca entre el discurso y el mundo, y si de la ilusión referencial hay algo que saca en limpio, es eso precisamente: la pura ilusión, la falta de fe en lo objetivo.
Por estas páginas pasa Deleuze, pasa Foucault, pasa Blanchot; pero es Derrida quien recibe mayor atención y quien resulta más nutritivo en la empresa de deconstruir la metafísica del origen, la metafísica de la presencia, quien enseña a diferir y a aplazar. A la vez, por otra parte, no parece haber expresión más poderosa de la ausencia (del autor) y el diferimiento (del texto), de la suspensión de la realidad (referencial) y de la confusión (premeditada) de la literatura y la vida que la escritura de Macedonio Fernández. En esos objetos, podría decirse, es donde Ferro hace pie. Y a partir de ahí se traslada, viaja, juega, contrabandea.
Hay zonas de sintonía, lecturas en afinidad: cuando Ferro lee a Tabucchi o cuando lee a Vila-Matas, la indeterminación de sentido y la imposible unidad van en su curso; cuando lee a Noé Jitrik, la escritura es la entidad y lo demás es ausencia; cuando lee a Roa Bastos, se entrega a la inconclusión y a la deriva de lo inestable; cuando lee a Napoleón Baccino, asume la diseminación, que ninguna verdad nunca se fija. Pero Ferro también lee a Cortázar, a Cortázar y el compromiso político; y lee a Haroldo Conti, a Conti y la memoria y la pertenencia; y lee a Eduardo Mallea, en sus limbos de idealidad; y lee a Rodolfo Walsh, a Walsh y su vocación de denuncia. Y en ellos no se rinde, tampoco en ellos se rinde, a la sugestión de que acá hay una vida que se vive y más allá hay una escritura que la expresa, que acá hay una realidad que existe y más allá hay una literatura que la representa, que acá hay una verdad constatable y más allá hay una palabra que la revela. Es precisamente al ocuparse de esas literaturas, la del realismo o la del compromiso o la del vitalismo o la de la metafísica nacional, que Ferro se aplica a su arte de transponer fronteras con solapamiento, leer en desvío, escribir lo impropio. Y entonces este libro erige una decidida pasión: una cierta concepción de lo que es la literatura, de lo que supone escribir, de lo que supone leer. Es el destello que expande y deriva De la literatura y los restos: la noción de que la literatura es el resto y que fuera de ese resto no hay nada, porque el resto no es resto de otra cosa, porque los restos son lo único que tenemos.



MARTÍN KOHAN

martes, 28 de septiembre de 2010

El 29 de septiembre se realizará la presentación del libro De la literatura y los restos, en portuques. El encuentro será en Florianápolis.




Roberto Ferro rferro@filo.uba.ar

lunes, 27 de septiembre de 2010