jueves, 11 de diciembre de 2008

Un retiro

Los argumentos razonables formaban una abigarrada masa, se atropellaban y empujaban para asumir el privilegio de que yo pudiera justificar ante mí la necesidad imperiosa del retiro, ese gesto inminente y fatal de apartarme y abandonar así el tedio de la agitación cotidiana. Íntimamente me cautivaba la idea de desplazarme hacia alguna forma de placer utópico; me sumergía en tentativas de búsqueda de regodeos exentos de teatralidad, salvo los producidos por el destello seductor de la fantasía de la isla solitaria o el refugio inhallable del ermitaño. Quería irme sin tener que llevar conmigo las innumerables imprecaciones de lo que debía hacer, irme sin un final grandioso y rubricado por una afirmación excesiva, irme para mí. Y me fui, a pesar de todo me fui, mejor dicho me sigo yendo así nomás en presente continuo, y lo mejor de todo es que no me retiré a un lejano refugio desolado y luminoso, sino que me dejé llevar por la deriva del deseo y leo, desde hace unos días leo, sin haberme ido, los Seminarios que Roland Barthes dictó en el College de France entre 1977 y 1980. Un sitio de placer y de goce, una escena solitaria, una maqueta en la que me he exiliado a salvo de las demandas ajenas. Releo al pasar No somos más que una sucesión de estados discontinuos con respecto al código de los signos cotidianos, sobre la cual la fijeza del lenguaje nos engaña: mientras dependemos de ese código concebimos nuestra continuidad, aunque no vivamos sino discontinuamente; pero esos estados discontinuos sólo afectan nuestra manera de usar o no la fijeza del lenguaje: ser consciente es usarla. Pero ¿de qué manera podemos hacerlo para saber lo que somos apenas nos callamos?
No es una isla solitaria, ni un rincón apartado y recoleto, tampoco un espacio sin murallas; apenas es una quieta movilidad, una isla portátil, una escena de apartamiento sin el allá lejos, un ir y venir atrapando tenues fulgores de un fantasma juguetón. A veces, llega José Luis Valls y sin interrumpir evoca la resonancia de su palabra en el curso de los seminarios barthesianos, se va como vino sin interrumpir; otras el que está conmigo en Noé Jitrik, uno de los grandes traedores de Barthes a este lejano puerto de América de Sur; alguna vez Roberto Gárriz nos alcanza el último número de Odradek, que divirtió al tal Roland más de lo que hubiera esperado.
En los pliegues de la palabra barthesiana, una y otra vez se asoma, la resonancia de una intuición ominosa, una especie de parpadeo compulsivo provocado por la posibilidad de que la literatura esté aboliéndose a sí misma y, entonces, en un rapto que no reniega de su impronta romántica, la abraza se aferra a ella como si fuera el cuerpo de alguien amado en el momento de partir. De todos modos, como mi retiro es un aquí sin allá, estoy al amparo de cualquier sentimiento trágico, sobre mi mesa están, en cierto desorden es verdad, lo últimos números de Ñ y de ADN, me reconforta la idea que con tales heraldos, la literatura no agoniza.

Buenos Aires, 11 de diciembre de 2008.

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